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La punta del iceberg

Cuando se concluye el balance sobre el trabajo que han realizado durante un año un grupo de creadores e instituciones, hay capítulos que suelen quedar al margen, espacios en apariencia no tan destacados que esconden bajo su silueta los pliegues de una densa capa de fundamentos no registrados a primera vista: tiempos, ampliaciones, bocetos, concreciones, elementos y perfiles que se estructuran como un consistente sedimento de la labor que un creador desarrolla al alimón de los fugaces estruendos del protagonismo inmediato.

El uso cotidiano de la frase "la punta del iceberg" convoca en su amplitud todo ese sentido; pequeña cima blanca que sobresale de la superficie y que es tan sólo la sutil culminación de una geodesia infinita que se moviliza bajo el agua. Este año, además del recuento general, quise dedicar estas líneas al trabajo de una artista que integra las dinámicas, los matices y la fuerza de todas estas consideraciones: Ángela Bonadies, investigadora de la imagen cuyo proyecto agudo y constante la colocan en la matriz principal de ese poderoso bloque inestable que es nuestro arte más reciente. Aunque no ha presentado ninguna individual en el país desde 2009, se ha desempeñado mediante un cuidadoso proceso de maduración que acentúa las complejas poéticas del archivo y las señales variables de la memoria.

Las marcas de lo humano, los reveses de la huella, la elevación de lo intangible y las metáforas de lo oculto y silenciado por la mayoría; son algunos de los hilos que Bonadies reinventa en un mundo enceguecido por los destellos de la forma. La fotografía es su estrategia principal de aproximación, logrando acometer ese difícil empalme entre imagen-poética/política-pensamiento con las que se ha enfrentado la materialidad y el contenido de esta disciplina en épocas desmedidas de uso y abuso. En amplios lapsos de trabajo ha llevado ha cabo las series Domésticos (retratos de los domicilios de extranjeros residenciados en países distintos a su terruño), Inventarios (descripciones individuales y trazas antropométricas de lugares elegidos y construidos por personalidades particulares) y la amplitud incesante de Las personas y las cosas, estructura dilatada en la que el encuentro con una planta proveniente de Venezuela en un jardín botánico francés generó un cuerpo de trabajo de múltiples subseries que captaron las vinculaciones entre colecciones nacionales, archivos privados y registros públicos junto con las personas que los resguardan, sugiriendo un revelador panorama de nuestra propia historia individual y colectiva.

El proyecto La torre de David, desarrollado con Juan José Olavarría, completó en su trayectoria un mapa controversial sobre los problemas de una sociedad tasajeada por la miseria, el populismo y el engaño. Es probable que de esta experiencia se desprendiera la última pieza con la que nos sorprendió durante 2012 en la colectiva El Quinquenio, reproducción arquitectónica del quiebre de un puente que registrara el lente de Tito Caula en el año 1967, donde un autobús quedó suspendido entre las dos partes fracturadas. Las irregularidades equidistantes de un abandono repetido en la actualidad estructural del país se reflejaron en la frase que la artista colocó junto a la profética maqueta construida a partir de una fotografía de archivo: "Omisiones no son accidentes". Afirmación irrevocable que con seguridad signará varias de las enrevesadas situaciones que ya se asoman en este convulso 2013.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

Histórico