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Una historia de papel

Algunas veces pequeños episodios se consolidan como la clave de acontecimientos futuros, semillas tempranas de un norte que no podemos ver pero cuya fuerza llama a la voluntad, la seduce, la inclina, la hacer ser lo que es. Cuando tenía 10 años de edad mi abuelo descubrió con asombro un juego de infancia que ocupaba una buena parte de mis tardes. Allí, en el espacio secreto del estudio de mi padre, investigaba –letra por letra– extrañas palabras del diccionario con las cuales construía enormes listas, acepciones de un sentido desconocido que luego combinaba para escribir historias indescifrables.  

Desde ese día, y hasta el momento de su muerte, mi abuelo enviaba a casa a final de cada mes las emisiones completas del Papel Literario de El Nacional, paquetes especiales que recibí periódicamente como una experiencia única en ese camino aún incierto, formaciones de una palabra que me estaba guiando hacia una contingencia que vendría a sorprenderme bastante tiempo después: ser columnista de artes visuales del mismo diario. La primera vez que pude ver mi palabra en la prensa nacional e incluso en algunas colaboraciones que también hice para el documento enviado por mi abuelo percibí uno de los significados más enigmáticos del destino, con la piedad de saber que comportaba un sentido que nunca podría desentrañar.

Casi cuatro años han pasado mientras miles de circunstancias van ampliando el poder de una experiencia inédita que tiene lugar en cada una de las oportunidades semanales que la prensa otorga a la palabra. De este murmullo fueron enormes las sorpresas: un primo lejano que se topó conmigo denotando cierta cercanía que él mismo construyó en la lectura semanal de mi textos, un empleado de depósito que le pidió a un conocido que le fotocopiara el artículo de ese martes, una concentrada señora leyendo en un café las consideraciones de aquella mañana o sentarme sobre mí misma (porque el azar tenía justo esa página en el suelo) para ver desde las escaleras una final del Caracas Fútbol Club frente al Deportivo Táchira.

En medio de esas peripecias paralelas a la escritura un último albur vino a revelar los hilos del movimiento: un solitario viaje en la ciudad de Sao Paulo que bajo casi 35 grados de calor me llevó a resguardarme en la maravillosa librería Cultura. A mi lado, encontré un libro de Clarice Lispector que recopila sus textos de prensa. En la primera página se destacaba un fragmento escrito en el Jornal do Brasil en el año 68: “Escribir para un periódico es una experiencia que ahora renuevo, el ser periodista como fui, y como soy hoy, es una gran profesión. El contacto con otro ser a través de la palabra escrita es una gloria”.

Allí, y en pocas señales, estaba la fibra vehemente de la prensa escrita: una palabra tan efímera como trascendental que puede ser la nada pero también el todo y que vino a visitarme cuando los columnistas de este diario supimos que estaremos publicados solo en la web debido a la escasez de papel. Seguimos escribiendo a la espera de una solución, comprometidos con el oficio. Pero al entrar en los nuevos itinerarios de esta palabra no puedo desprenderme sin añorar su naturaleza… ¿Cómo será y hasta dónde llegará la vida de una historia sin papel?.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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