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La doctrina de Vinght y otros relatos

Algunos rigores ejecutantes de cómo se asume la creación a través del arte suelen estar signados por las demandas del contexto mundial. Las modas, las afiliaciones intelectuales y las iluminaciones de un pensamiento novedoso definen las propuestas de artistas e investigadores en su relación permanente con el afuera. Para citar un ejemplo bastará recordar las visitadas conexiones que en los últimos tiempos se han hecho ante las reflexiones del arte relacional, el vínculo y el contexto, el archivo y la memoria, lo global y lo local, entre otras muchas citas que consolidan valiosos núcleos del arte más reciente.

Sin embargo, ¿qué sucede con otros lugares de la creación y los matices determinantes de un arte cuyo proceso conceptual es la revelación de interrogantes que giran en torno al propio acto de creación? La pregunta, quizá un tanto sonámbula, emergió frente a la unión de dos sucesos particulares.

El primero de ellos fue un recuerdo persistente que aún me ronda luego de haber visto la obra del artista Juan Pablo Garza en la XII edición del Premio Mendoza. En los distintos encuentros que tuve con ella traspasé por una extrañeza sinuosa, una ligazón privada y ajena generada por el encadenamiento objetual, pictórico, fotográfico y escultórico que Garza tejió en los infinitos niveles de un armazón casi borgiano: convulso universo de relaciones minúsculas que vibraban a cada paso de su Estación portátil (Arquitec- tura celeste) .

El segundo evento fue la visita a la muestra La doctrina de Vinght , inaugurada durante el mes de marzo por el creador Jorge Pizzani en GBG Arts. En la propuesta se reunieron obras provenientes del action painting realizado en la GAN en 2005 y varias estaciones de toda su producción, junto a un texto de veintidós axiomas donde las texturas de una palabra tan cónsona como destemplada, desnudaba los motivos que sostienen su nexo con la pintura. En sala, las variables de esa materia pictórica entre el sueño y la vigilia, que como batalla apasionada maneja la impronta de este artista de amplia trayectoria, se metamorfoseaban entre la tela y la percepción que tenemos frente a ella, como si aquel gesto desconocido pudiera tender un puente entre las profundidades caóticas que lo han inspirado y las descolocaciones veladas de nuestra irracionalidad. La pintura de Pizzani nos encuentra dormidos y despiertos, nos sujeta, palpa con suavidad un lugar ignoto más allá de nosotros mismos.

Luego de verla recordé una frase que al versar sobre estos temas con respecto a la obra de Garza me dijo el artista Adrián Pujol: "El problema es siempre el mismo, y es que el arte por el arte, el arte como metamorfosis del pensamiento, de un instinto de creación pura, siempre estará al margen". Con doble sonoridad repuntó la sentencia cuando al final del recorrido de la muestra de Pizzani me encontré con seis obras en pequeño formato que convertían ese "margen" en los eslabones sorprendentes de la posibilidad infinita. Allí, en el sintagma pictórico de una dimensión por lo general destinada al boceto, estaba resumida en sintaxis convulsa toda la fuerza del gran formato. Un destello que, superando los ejercicios en boga y las prácticas del momento, nos recuerda que el arte es y será siempre la materialización inexplicable de un misterio profundo.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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