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Vasco Szinetar

En varias ocasiones hemos discutido en esta columna puntos álgidos sobre la producción actual de las artes visuales, en especial frente al panorama propiciado por la potencia iconográfica de la globalización y la posibilidad de protagonismo y autenticidad que tiene la imagen en el firmamento 2.0. En esas diatribas la fotografía tiene un papel preponderante como herramienta masificada de representación, y mientras discutimos sobre las propuestas más valiosas de algún creador que se inicia o destaca en el área, la imagen digital va llenando las páginas del Facebook y el Instagram, protagoniza cuadrantes dinámicos en lugares web y en blogs, se acumula en las redes sociales y se dinamiza en los estatus del Whatsapp o el pin de Blackberry. En tanto que este flujo indetenible inunda lo conocido, lo circunstancial y lo que está aún por suceder, cuando se apoya una propuesta no deja uno de pensar si se está en lo correcto... Si aquello que estamos legitimando no es tan solo el producto de una casualidad que corre por entre los vericuetos inasibles del mundo global.

Es por ello que hoy me he tomado el tiempo para escribir sobre el proceso artístico más reciente de Vasco Szinetar, uno de los fotógrafos emblemáticos de nuestra historia visual. Szinetar es un creador reconocido en el ámbito nacional e internacional; durante casi treinta años ha completado un cuerpo de trabajo que inició a finales de los setenta a través de autorretratos en el espejo con distintas personalidades de la política y la intelectualidad de nuestras sociedades. Durante ese período se ocupó de darle continuidad y sistematización a un proyecto que no solo complejizaba la legitimidad de los personajes seleccionados, sino que también indagó en las marcas de sí mismo frente a lo especular: representaciones de un tiempo inevitable que iba diluyendo las filigranas del poder mientras reiteraba la transformación de su propia identidad.

Luego de tres años de silencio, apareció con dos proyectos que sembraron una gran sorpresa en el público desde comienzos del mes de octubre: Cuerpo de exilio en La Caja del Centro Cultural Chacao y El ojo en vilo en la Sala Mendoza; bajo estos títulos alberga la extensión de una preocupación frente al tránsito, la creación y la muerte que ahora se hace visible en relatos visuales en los que destaca el estudio profundo de la fotografía para convertirse en el texto crucial de una poética interior, trayecto en el que incluso asume el riesgo de trastocar los protocolos que ya le habían otorgado un lugar, para abordar geodesias abatidas por el surgimiento de metáforas inéditas.

Como investigadora de la imagen creo necesario destacar ­en un mundo de íconos constantes y reiterativos­ ese gesto de ruptura con la seguridad de lo consagrado como un ejemplo trascendental para artistas de todas las generaciones. Como curadora, debo confesar que pocas veces vi una propuesta tan completa en los distintos universos que la componen, un discurso visual en el cual cada una de las piezas son capaces de encerrar dentro de sí la totalidad discursiva que las hace una y que también las vuelve conjunto y diálogo en el espacio museográfico. Como espectadora, nada mejor que revelar un comentario que con asombro y gratitud escuché de varios visitantes: "Yo tenía tiempo que no veía algo así... Esto sí es fotografía de verdad".

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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