• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

Roberto Obregón

El domingo se inauguró la primera estación de la muestra que bajo el título Nuevos vín- culos reúne en la ciudad de Caracas a un grupo de artistas presente en la 30° Bienal de Sao Paulo. En la selección, tres instituciones (Sala Mendoza, Centro Cultural Chacao y Hacienda La Trinidad Parque Cultural) se unieron para gestionar un esfuerzo compartido que permita al público venezolano contemplar una nueva cartografía de algunos territorios enlazados en la más reciente bienal, geodesias que se han desprendido de su origen hacia ilaciones que propician la coexistencia de otras resonancias.

La primera apertura fue la muestra sobre la obra de Roberto Obregón curada por Ariel Jiménez en la Sala Mendoza, retrospectiva en la que se despliega una investigación detallada y profunda sobre cada una de las etapas del creador, considerado uno de nuestros más importantes conceptualistas. En sala encontramos una parte de las primeras inserciones pictóricas en el campo del arte durante los años sesenta y la evolución hacia las Cró- nicas fotográficas de los 70, en las que se destaca la ruptura con los lenguajes tradicionales y la inmersión en la serialización matizada del tiempo: paisajes, autorretratos y composiciones diversas que transitan entre el inicio, la plenitud y el desvanecimiento del registro. Luego vendrán las disecciones de la rosa que darán origen a la famosa Rosa enferma y la presencia de sus dos versiones más citadas, la disección real del año 82 y el negativo de 1993.

De las claves tal vez más importantes que anidan en esta muestra está la posibilidad historiográfica mediante la cual la investigación curatorial amplía los detalles del conjunto y la agrupación de las etapas. Es así como documentos, testimonios, cartas, cuadernos de trabajo, material hemerográfico y bocetos nutren el recorrido para ampliar cada una de las trayectorias seguidas por Obregón en sus series. De ese primer período pasaremos a una etapa posterior en la que la figura se vuelve alfabeto, en la que la rosa, el paisaje y el ícono comienzan a liberarse de sus ataduras para vincularse con el desenvolvimiento gráfico de un códice, texto alterno de signos inalcanzables que resuenan en los linderos de la palabra e incluso en el borde sigiloso de la propia imagen.

Así lo revelan obras tan complejas en su composición formal y en su estructura conceptual como el tríptico Una disección compartida, realizado entre 1979 y 1989, o el Boceto para Be Ene y De Eme. C, del año 1994, que forma parte de las llamadas Niágaras. En estas propuestas una cuadrícula tan frágil como profunda reordena la pulsión del diálogo interno que se desarrolla en ese espacio caótico e innombrable de marcas familiares, recuerdos persistentes, referentes históricos, símbolos de la cultura pop, trazas ancestrales, hendiduras emocionales y secretas enumeraciones.

Finalmente, el recorrido museográfico despliega no sólo las piezas sino el móvil que orientó la serie Masada, una reflexión que abre la puerta hacia el magnífico desplazamiento que la obra de Obregón tendió a finales de los años noventa entre sus propias inquietudes y los abismos de un entorno hostil: tránsito inigualable en el que la desaparición literal del yo cruzó la frontera para levantar desde la oscura materia del caucho o en la liviandad translúcida del acrílico las marcas de un pétalo que ahora se revela como el delator de los procesos más sublimes y más terribles de lo humano.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

Histórico