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Gego o la dignidad del tiempo

Algunas resonancias afianzan historias cuya esencia supera los traspiés de lo eventual. Este año celebramos un suceso de gran valía para nuestra historia nacional: el centenario del nacimiento de una de las artistas que con mayor fuerza, dedicación y constancia consolidó una obra amplia y diversa, concéntrica y extendida, certera y enigmática: cuerpo de trabajo que al alimón de saberse logrado en su propio centro y anudado sobre sí mismo experimenta aún el movimiento de contingencias que se desprenden de una narrativa tan puntual como inacabada, galopes sonoros que trepan desde cada nudo, trazo, sombra, declive tangencial o trama recóndita, para desplegar lo que pocos han logrado en el intento de enlazar la imagen y la metáfora: una tejedura del tiempo.

En consideraciones que en otro momento escribí sobre Gego, recuerdo haber apuntado rasgos paralelos entre sus piezas y la obra poética de Antonia Palacios. El nexo se desprendió de una intuición personal que perfilé al encontrar un homenaje póstumo en el que la investigadora Judith Gerendas comentaba el sobrecogimiento que para nosotros puede producir la búsqueda de una escritora que quería aferrar lo "inapresable" a través de la palabra. Al respecto, transcribe una frase de la propia Palacios: "No sé cómo enfrentar el tiempo, tan denso, tan sin fin".

Para mi percepción lo que sustenta la trayectoria de la línea en toda la obra de Gego es con seguridad una inquietud aferrada a esa confrontación densa y sin fin de la poeta y narradora: no intentar atrapar el tiempo sino descender mucho más allá, sumergirse a sí misma y a la obra en el dolor plácido que puede suponer y que de seguro comporta el revivir ese tránsito.

Las singularidades de ese curso repiquetean constantemente en las estructuras, los dibujos, las gráficas, los volúmenes, las cuadrículas y retículas, para refractarse desde el instante de la ejecución hacia el período infinito del encuentro con el otro. Cada fragmento, cada suspensión del gesto mínimo, es a su vez la conciencia de los múltiples e indeterminados procesos que van conformando otros movimientos: medianos, grandes, enormes.

En su producción cada apuesta es un tejido de acontecimientos, donde un año se vuelve una línea, mientras una estructura puede ser una hora, tal y como una retícula se asemeja a semanas de miles de segundos. Gego nos coloca frente a una obra profundamente reflexiva, una obra que siempre nos recordará que la belleza del trazo y el temblor de una vida transcurren en el mismo lapso que puede durar el desplazamiento de la mirada.

Hoy, a 100 años de su nacimiento, la fundación que resguarda su obra ha convocado a una gran variedad de actores de la cultura venezolana. Instituciones públicas y privadas como el MAC, Espacio Mercantil, GAN, Sala Mendoza, Museo Carlos Cruz-Diez, Fundación Cisneros, TAGA, MBA, Sala TAC, Fundación de Museos Nacionales y la UCV se han unido para realizar exposiciones, talleres, proyectos de restauración, conferencias y seminarios que hasta finales de 2012 seguirán su recorrido. Cartografías enlazadas por la voluntad de propiciar lecturas actuales sobre nuestra tradición visual.

Repuntes plurales, sonoridades disímiles, protagonistas de una herencia que ante las complejas e inestables directrices del presente no sólo han logrado enaltecer el valor de este legado, sino también la dignidad cultural de todo un país.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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