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Eduardo Gil

Entre los últimos sucesos visuales que han tenido lugar en Caracas, la reunión de creadores venezolanos junto con la actividad de artistas de otras latitudes es uno de los ejercicios que mayor tiempo teníamos sin ver, y la tarea más interesante en este caso no sólo es presentar al público una selección de la producción foránea, sino generar el entorno propicio para el encuentro con ellos y sus obras. Este fue el norte curatorial que enlazó la mayoría de las propuestas presentes en el segmento de Nuevos vínculos . Selección de obras de la Trigésima Bie- nal de Sao Paulo, que llevan adelante Carmen Araujo y Silvia Fuentes desde el Parque Cultural Hacienda La Trinidad. Preocupadas por esta necesaria confrontación del arte contemporáneo, la selección que ambas hicieron despuntó por resaltar las relaciones entre venezolanos presentes en la Bienal (Juan Iribarren, Enrique Moreno, Christian Vinck y Eduardo Gil) junto con F. Marquespenteado (Brasil), Pablo Accinelli (Argentina), Runo Lagomarsino (Suecia) y Nicolás París (Colombia); algunos de los cuales desarrollaron in situ sus proyectos.

En el caso de Gil se une la condición especial de ser un venezolano residenciado desde hace 15 años en Nueva York, y se tienen pocas noticias en nuestro país de su actividad artística. En la Trigésima Bienal de Sao Paulo participó con tres instalaciones: el cíclico mural empapelado que con el título Una breve historia sobre el final de la guerra envolvía al visitante en un confrontado collage de noticias, frases, sucesos y momentos históricos desde finales del siglo XVIII hasta conflictos recientes, que ironizaban sobre la monótona repetición (salida y entrada) de la barbarie.

Con el nombre Cinediario de dictadores o hematomas , la segunda instalación era un gran panel que mostraba el desplazamiento cuasicinético de distintos módulos de color rojo girando sobre sí. De cerca se observaban los rostros de famosos dictadores de la historia dando vueltas mediante 270 motores de microondas que los activaban; matices de un rojo variable que fue determinado por el número de muertes que acumuló cada período.

En la tercera instalación, colchones procedentes de orfanatos de la ciudad de Sao Paulo fueron colocados en las paredes. Las marcas de la propia vida que ellos tuvieron se veían repuntadas por una lectura sobre el destino del habitante hecha por videntes. La grabación del testimonio estaba dentro de los colchones, lejano murmullo de un pasado probable de esa vida que anidó en el objeto. Para la muestra en Caracas, Gil cambió los colchones por almohadas en la propuesta Lecturas de saliva, sudor y lágrimas . Las almohadas fueron canjeadas por nuevas en dos casas-hogares y un hospital infantil.

Las usadas también fueron palpadas por un grupo de videntes que leyeron las marcas de los infantes que durmieron en ellas, y se integraba ese audio al objeto en sala. El pequeño recinto generó una nueva dinámica, un rasgo íntimo que hacía estallar nuevas lecturas cuando cada visitante modificaba su fisicalidad para recostarse sobre ellas y escuchar el susurro de lo que tenían por decir.

Gil es un artista con una propuesta profunda y crítica, un creador que desde la reorganización del objeto y del archivo reconstruye nuevas señales sobre el proceder de nuestras sociedades: cuestiona con mirada certera los desmanes del afuera al tiempo que revaloriza la índole más delicada de lo humano.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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