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Barbarie y levedad

Hoy, creo que lo más complejo de este contratiempo que atravesamos está anclado en extraños signos comunes. Habría que decir que tal vez no está determinado en su totalidad por el devenir de los últimos períodos de nuestra historia: procedimientos con los que no estamos de acuerdo, decisiones sin norte, malversaciones de una personalidad colectiva cada vez más anclada en la autoconstrucción de la propia demanda frente a la destrucción a mansalva del afuera, de lo otro, de los demás.

Digo que quizás no sea ni siquiera eso, porque más allá de los contrasentidos en los que crecen las nuevas generaciones, de los problemas de la familia contemporánea, de los mensajes contradictorios que conviven en franca batalla dentro de los desmanes de un deterioro del individuo venezolano en todos los órdenes de sus relaciones, de su pasado, de sus vínculos con el presente y del acomodo de su futuro; lo más terrible sea con precisión el no saber cuál es el territorio que uno pisa; el encontrarse totalmente removido del terruño sin haberse ido a ninguna parte.

Ayer, una amiga me contaba que en varias colas de la carnicería electrodoméstica que vivimos le anotaban el número en el brazo a la gente con un marcador; para no perderlos, para serializar la urgencia de una ansiedad sin nombre. ¿Qué puede uno sentir ante esa imagen mordaz, tan cercana al Holocausto? Sólo el vacío: como si el mapa de la identidad se hubiera salido de la matriz, como si la cartografía de eso que lo hace a uno antes, después y siempre fuera una narrativa errada y paralela; como si ese centro vital que vibra en los códigos más profundos de la pertenencia, del compromiso y del alma de todas las decisiones se transformara en una referencia perdida y obsoleta.

Algunas propuestas artísticas logran conectarnos con estas reflexiones, despuntes que transforman el encuentro con la obra en una sensación, en una experiencia más allá de la disertación en torno a determinadas categorías estéticas. Todo esto fue una buena parte de lo que reviví el día que fui a visitar la exposición más reciente de Emilio J. Narciso en la Galería D’Museo, la cual estará abierta hasta el 24 de noviembre con el título Apariencias de la luz. Ideal disforme . Allí, mientras intentaba desentrañar las tramas de una imagen a contrapunto de su propia desaparición, de referentes nacionales fragmentados y descosidos mediante los protocolos digitales y analógicos usados por el artista; me vi abrumada por los íconos clásicos y populares de un paisaje tan anónimo como fundamental que le ha servido de estrategia y discurso, por la agudeza de esa mirada panóptica y conflictiva que dibujó sobre el contexto venezolano.

Todo se hilvanó en la sala a través de las desajustadas cadencias de un patético video que entre lo sagrado y lo profano hidrataba el ambiente, para penetrar con contundencia en la silenciosa belleza cuarteada de las piezas a pared: retículas volátiles de la desesperanza, de la agonía que goza, de la inhumanidad que se tacha, se diluye y baila en un nudo eterno de barbarie y levedad. En estas piezas de Narciso estamos todos: reflejo de una sociedad que quebranta su propia fibra y que se trasiega con desparpajo y sordidez por encima de cualquier ideal.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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