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El fin de semana se celebró el Día Internacional de los Museos. Con sorpresa e incertidumbre leímos un editorial que publicó este periódico con el título "Sin museos", segmento en el que se cartografiaron los sucesos más terribles que en los últimos años han tenido lugar en nuestras instituciones. El editorial fue expuesto y publicado en las redes sociales y enviado por grupos de colegas que se dieron a la tarea de discurrir algunas palabras al respecto.

Ante el punto no hay que ser ingenuos. Es necesario dar la razón y recordar que todo esto tuvo lugar en la institucionalidad venezolana. Por ello esta columna de hoy se titula con su propio número (199) como testimonio de que mi inicio en este espacio de crítica se ha visto emplazado en muchos casos por el desvío del análisis de la obra de arte ­mi principal objeto de estudio­ hacia los meollos de la situación política, en una mezcla de análisis gerencial y de estudios culturales que surgieron como perspectivas necesarias ante los desfallecimientos de la situación general. Como la crítica debe responder a su contexto y dado que aún podemos dialogar en libertad, este comentario quisiera ampliar algunos puntos del citado editorial.

Muchos de los que hemos vivido de cerca la difícil situación de nuestras instituciones también sabemos que el ruido central ha estado en las directrices infaustas que entre 2005 y 2010 generaron sombríos lugares dentro de cada organización. Sin embargo, es necesario recalcar que han sido los trabajadores quienes han sostenido la posibilidad de un futuro, primero con la resistencia y ahora con la finalidad en varios casos de la reconstrucción, conscientes de lo que fueron y defendiendo un patrimonio que se espera propicie una nueva vida expositiva de encuentro constante con el afuera, como se nos enseñó a todos los que alguna vez allí laboramos.

La propia María Elena Ramos en el libro La cultura bajo acoso , destaca este espacio humano como imprescindible, dentro de lo que es un lúcido cuestionamiento a la última década de los museos en Venezuela.

Del mismo modo, la curadora Susana Benko comentó en las redes sociales que, aunque muchas verdades del citado texto siguen en pie, otras no. Hay que ser justos frente a la verdad, expresó, mientras destacaba la renovada gestión que han tenido instituciones como el Museo Cruz-Diez, el MAC y el MAO. Las palabras enviadas por María Rengifo, subdirectora del MAO, resultaron contundentes, pues en el caso terrible que les tocó con los damnificados, se propusieron no sólo permanecer en sus espacios sino desarrollar un programa de formación para que estas personas entendieran, mediante charlas, talleres y cine-foros, en qué lugar estaban alojados. Este vínculo permitió no sólo que comprendieran que no podían estar más allí, sino que en la retirada se convirtieran en agradecidos visitantes y en conocedores de una historia que los convirtió en mejores personas.

Tal vez en el corto espacio de un editorial no exista la extensión suficiente para reparar en estos detalles, pero en un país cuya fractura más contundente se ancla en el no reconocimiento del otro, va esta columna de hoy para felicitar, en medio de la debacle, a todos aquellos que desde dentro han trabajado por defender la autonomía del arte venezolano.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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