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El valor del miedo

No todo en la seguridad depende de lo que está afuera. Buena parte se vincula a cómo estamos estructurados dentro. Son las maneras de percibir el exterior y las actitudes que asumimos frente a los riesgos, lo que en el fondo determina nuestro perfil de potencial víctima.

Dos cerebros no siempre piensan mejor que uno.  El ser humano es el único animal que posee dos centros separados para el procesamiento de los peligros que nos acechan. El primero de ellos, se encuentra casi en el tallo cerebral, en un órgano denominado amígdala. En la amígdala se activa el instinto de huir frente a eventos que puedan atentar contra nuestra integridad. La mayoría de los animales tienen algo parecido a la amígdala pues se trata del procesador más primitivo de la auto-preservación de la vida. El segundo cerebro es exclusivo de la raza humana y está ubicado en la corteza, más específicamente en el lóbulo orbito-frontal, es el sector más nuevo en la evolución. En él vive el raciocinio, que es la capacidad de construir ideas sobre todo lo que vivimos, incluyendo el riesgo. En esta zona se forman los argumentos que “retan” el peligro. Aquello que nace por instinto en la amígdala y nos hace correr, choca contra la corteza orbito-frontal y nos cuestiona sobre si tiene sentido abandonar algo, que de afrontarlo, nos puede beneficiar. En este conflicto permanente que sucede en milésimas de segundo dentro de nuestra mente, algunos científicos sugieren que está el origen de la evolución humana. Retar los riesgos y triunfar sobre el miedo nos ha hecho cazar animales feroces, domesticar el fuego o invertir en la bolsa de valores.

Otro componente clave de la seguridad es la naturaleza humana que lleva a percibir los riesgos de forma distinta, de un individuo a otro. Por ello, es común pensar que los demás son los que tienen problemas de inseguridad o que, por el contrario, nuestros problemas son inéditos o peores que los del resto del mundo.

Durante el proceso evolutivo, el cerebro ha sido equipado con herramientas para subestimar algunos riesgos y sobreestimar otros. Con­sideramos que estamos blindados ante las amenazas que nos rodean y con frecuencia, ignoramos nuestras vulnerabilidades.

La percepción del riesgo dependerá de los escenarios y situaciones que se nos presenten. Un turista que viaja por primera vez a una gran ciudad se sentirá amenazado por el entorno, así se trate de un lugar seguro, pues el cerebro obliga a cuidarnos de lo desconocido.

De la misma forma, podemos lucir confiados y hasta descuidados en situaciones que nos son familiares o a las que estamos acostumbrados, aunque éstas sean muy riesgosas. Ésta es quizás, la primera razón por la que a un bombero experimentado debe recordársele, con frecuencia, todas las medidas de prevención y protección que debe tener al momento de enfrentar un incendio.

Lo mismo ocurre con aquellos riesgos que están sometidos a debate público y permanecen presentes en la mente de las personas por largo tiempo, percibiéndolos de forma desproporcionada. Un ejemplo evidente fue la gripe aviar, declarada durante el año 2004 como una pandemia mundial. Era común transitar por aeropuertos y observar a miles de personas con tapabocas y guantes para protegerse de un inminente contagio. Al concluir la alerta sanitaria, las muertes en el mundo por esta causa no sobrepasaron las 240 personas (2003-2008), lo cual es sólo una pequeña fracción sobre el número de fallecimientos por accidentes de tránsito que ocurren en un año en Suramérica.

Cada vez, más investigaciones apuntan a que la seguridad individual se construye desde dentro y destacan las ventajas que se tienen cuando aprendemos a escuchar nuestros temores, pues nos lleva a ser más previsivos. Aunque la tendencia  es rechazar el sentimiento y racionalizar los instintos para demostrar que podemos sobreponernos a las complejidades de la realidad, la verdad es que al negar el miedo, nos hacemos más vulnerables porque nos lanza a exponernos a amenazas mayores de las que podemos administrar.

Me atrevería a decir que ante el riesgo, lo sano es ser un poco amígdala, un poco corteza y aprender a responder con naturalidad a nuestros miedos, sin retarlos demasiado, sin dejarlos que nos domine.

@seguritips


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Sobre el autor

Alberto Ray

@seguritips, Consultor en seguridad, analista de decisiones en escenarios complejos. Especialista en diseño de estrategias para la mitigación de riesgos en organizaciones. Autor de MAPS, Modelo para la gestión de la seguridad

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