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El sótano de la vigilancia

En la segunda mitad del siglo XX, Venezuela creció aceleradamente. Su población rural, se hizo urbana, lo que atrajo a las hasta entonces pequeñas ciudades del país, personas en búsqueda de mejores vidas. Fue la época de las grandes obras de infraestructura, de los parques industriales y  las urbanizaciones de clase media. Esta expansión de la sociedad vino acompañada de más bienes que proteger, para lo cual, la tradicional policía no contaba con personal o medios que pudieran satisfacer las demandas de mayor control. Fue este el gran momento de la vigilancia privada, como alternativa para la nueva seguridad que los tiempos exigían.

El perfil típico del vigilante era el de un hombre sencillo, proveniente de la provincia, con pocos estudios formales pero con muchos valores familiares.Era emigrante de los Andes o los Llanos, algunos con cierta formación militar o policial. Conocí a varios de ellos, pues desde mi infancia estuve vinculado a empresas de seguridad. Para todos era común llamarlo el guachimán.

El vigilante era un personaje más de la comunidad.  Así como el policía, la conserje o el panadero. Su principal trabajo consistía en conocer a la gente, abrir las puertas del edificio y mantener el ritmo de la cotidianidad. Eran tiempos tranquilos en los que muy poco pasaba.

Algunos vigilantes vivían en sus lugares de trabajo y era frecuente que sus improvisados dormitorios estuvieran bien ocultos en un rincón del sitio que custodiaban. Era la época del Sótano de la Vigilancia.

Esta etapa vivió su máximo esplendor a mediados de los años 70 y de ella la seguridad heredó elementos que aun hoy usamos; el libro de novedades, las rondas de vigilancia y las cajas de llaves. Todo era muy sencillo, las pocas amenazas existentes eran fáciles de reconocer. El indigente, el ratero o el borracho de fin de semana significaban los más grandes peligros para el vigilante, que armado de un rolo, un machete o una escopeta de un tiro, salía airoso de sus aventuras, que a la mañana siguiente compartía orgulloso con las vecinas del sector.

La lealtad, el sentido de pertenencia y el profundo conocimiento del entorno eran sus grandes fortalezas y que aún hoy,  siguen tan vigentes. No existían radios, ni cámaras de vigilancia y las normas no estaban escritas pero todos las conocían y respetaban. 

Ya entrada la década de los años 80, el sótano de la vigilancia se había convertido en la oficina de seguridad. Las amenazas comenzaban a hacerse más complejas y ya le resultaba imposible al guachimán, entender la realidad que lo rodeaba.

Las organizaciones que vieron venir  los cambios, evolucionaron a nuevos modelos, pues los riesgos aumentaban en la misma proporción que las empresas se expandían. Comenzaba la era de la Seguridad Corporativa. Es la época de la especialización. La industria petrolera, usualmente a la vanguardia de los cambios, reorganizó su departamento de seguridad y comenzó a llamarlo Prevención y Control de Pérdidas (PCP), introduciendo tempranamente la gestión de procesos y la alineación de las funciones de protección con los objetivos corporativos. En lo sucesivo, la seguridad no ha detenido su evolución, ya en artículos anteriores he hecho mención a la Seguridad Positiva como nuevo paradigma en el manejo de los riesgos. Llama la atención sin embargo, que hoy un buen número de empresas, siguen manteniendo a la seguridad en el más oscuro sótano de la vigilancia. La reactividad, así como inmensas vulnerabilidades  asechan y acosan a estas organizaciones, que parecieran no entender que su supervivencia en estos convulsionados tiempos depende de la ventaja que ofrece una seguridad con visión integral y con los ojos puestos en el futuro.

@seguritips

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Sobre el autor

Alberto Ray

@seguritips, Consultor en seguridad, analista de decisiones en escenarios complejos. Especialista en diseño de estrategias para la mitigación de riesgos en organizaciones. Autor de MAPS, Modelo para la gestión de la seguridad

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