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Seguridad Basada en Valores

La seguridad es una necesidad para todo ser vivo.  Todos requerimos algún tipo de protección, inclusive antes de nacer. Es fácil comprobar que mientras más avanzado es el individuo en la escala evolutiva, requiere mayor tiempo y dedicación para valerse por sí mismo. Un caballo aprende a ponerse de pie y dar algunos pasos a los pocos minutos de haber salido del vientre de la madre, mientras que a un ser humano le puede tomar hasta un año aprender a caminar. Este período de “minusvalía” es sólo posible de superar si otros de mayor edad y experiencia asumen la responsabilidad de velar por nuestra seguridad. En la conocida escala de las necesidades de Maslow, la supervivencia y seguridad están en la base de la pirámide. Si no podemos proveernos de seguridad, muy difícilmente podremos aspirar a satisfacer otras necesidades.

En la medida en que crecemos y nos desarrollamos como individuos adquirimos mayor independencia y nos vamos haciendo más aptos para cuidarnos a nosotros mismos. Simultáneamente, vamos integrándonos a la interacción social propia de nuestra especie, lo que exige la práctica de códigos de comportamiento que limiten nuestra conducta, a fin de facilitar la sana y pacífica convivencia con nuestros pares y con el entorno.

Esto es otra dimensión de la seguridad. Estar seguro es más que sobrevivir, se trata ahora de convivir bajo un sistema de normas que procuren la vida en sociedad. Me atrevería a afirmar sin ánimos de especulación, que la conquista social de la raza humana sobre todos los ámbitos de nuestro planeta se debe en parte, a la capacidad del hombre a convivir en sociedad. La convivencia es por ende, la estructura sobre la que se ensambla la seguridad del ser social.

En las sociedades humanas, el sistema de normas y conductas que rigen las relaciones entre los individuos tienen su origen en la supervivencia de la raza. Ya en el siglo XIII AC, Moisés recibía los 10 mandamientos, según se narra en el Libro del Éxodo, en el que se establecía un sistema de respeto a Dios y a los hombres. El VI mandamiento: No Matarás, señala taxativamente que el homicidio viola las leyes de inspiración divina.

Los textos bíblicos, tanto el antiguo como el nuevo testamento están colmados de citas sobre estos códigos morales y éticos de comportamiento que deben regir la vida social de los hombres. En el Libro del Génesis, Dios destruye a Sodoma y Gomorra, dos ciudades cercanas al Mar Muerto pues en ellas la perversión de la moral había traspasado límites insalvables. Esta imagen de Dios como Juez de lo moral y lo justo fue necesaria en los comienzos de la civilización occidental ya que el hombre por sí solo se consideraba incapaz de contenerse y cumplir con las normas de convivencia establecidas. A partir del nuevo testamento, Jesús transforma la visión de un Dios castigador a un ser capaz de perdonar y salvar al hombre de sus faltas (pecados) a cambio de una vida eterna para todo el que tome el camino de la bondad.

Todas las religiones de la tierra han construido sus doctrinas sobre estos códigos morales de interacción entre los hombres. Estas leyes morales se han incorporado en la vida civil de las sociedades a través de normas que rigen la vida en sociedad, pero igualmente forman parte de la base primaria de la formación del individuo que se da en la familia y el hogar.

La educación en valores es la misión de los padres en la sociedad,  si se aspira a un futuro de seguridad y progreso. El respeto, la confianza,  la tolerancia, la honradez, la lealtad y la justicia son sólo algunos de los valores vinculados directamente con la seguridad. La formación de hogar y la educación en la escuela son por excelencia, las herramientas de prevención con las que cuenta la sociedad para proveer convivencia y seguridad a sus ciudadanos.

Estudios de Paul Sak* profesor de Neuroeconomía en  Claremont Graduate College corroboran que la confianza como valor asociado a la seguridad está vinculado igualmente, al nivel de desarrollo de las sociedades. Las naciones más avanzadas demuestran un alto nivel de interacciones y asociaciones productivas entre sus ciudadanos debido principalmente a la confianza. Cuando la gente confía más en la gente, se facilita la convivencia y se realimenta el círculo virtuoso de la seguridad. Por otro lado, la pérdida de confianza complica la resolución de problemas y eleva el nivel de conflictividad entre las personas.

Desde hace algún tiempo pareciera que la construcción de valores desde la familia y la escuela no está funcionando. Lo vemos en la creciente violencia que signa las relaciones entre los ciudadanos. La agresividad e intolerancia se refleja en el aumento de las tasas delictivas y en la pérdida de vidas humanas, sobre todo aquellas más jóvenes. Los Estados enfrentan un reto de grandes dimensiones: revalorar al individuo a pesar de sus carencias formativas, y hacerlo consciente de la necesidad de convivir en sociedad como única vía para su progreso.

Los profesionales de la seguridad tenemos mucho que decir y trabajar en este sentido. Ya no se trata de sálvese quien pueda… si no nos salvamos todos, terminaremos por desarmar el modelo de evolución humana a través de la convivencia pacífica.  De no actuar con prontitud y asertividad estaremos en presencia de la sociedad intolerante, aquella que no se mide ni se detiene en códigos morales y éticos, donde el derecho del otro es el límite de mi propio derecho. No reconocer esta realidad es desembocar más temprano que tarde en la violencia como medio para relacionarnos y negar en su esencia la propia naturaleza humana.

@seguritips
*interesante video de Paul Zak:
http://www.ted.com/talks/lang/es/paul_zak_trust_morality_and_oxytocin.html?source=email#.Uuhp8o_D5b1.email

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Sobre el autor

Alberto Ray

@seguritips, Consultor en seguridad, analista de decisiones en escenarios complejos. Especialista en diseño de estrategias para la mitigación de riesgos en organizaciones. Autor de MAPS, Modelo para la gestión de la seguridad

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