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Construir cultura de seguridad

Evolucionar a una cultura de previsión es en esencia hacer de la seguridad un hábito.

Los hábitos no son un reflejo, es decir, no están precargados en nuestro “software” mental. Al contrario, requieren de esfuerzo consciente y sostenido para adquirirlos y hacerlos parte de nuestra vida. Así como, el sueño, el hambre o el vestido forman parte del sistema de supervivencia del individuo; despertarnos a una hora determinada, ingerir alimentos saludables y usar un sombrero para evitar el sol, son hábitos que vamos incorporando con el tiempo hasta hacerlos rutina, que en ocasiones pasan de padres a hijos y que, en general, requieren un proceso previo de maduración para terminar de asimilarlos. Podríamos decir que los hábitos son circuitos cerebrales que, ya sea por repetición, porque nos generan bienestar al practicarlos o porque nos hacen más eficientes, se marcan como caminos de alto tránsito en las redes neuronales hasta un punto, que, sin pensarlo, los ejecutamos automáticamente. Este proceso de creación de hábitos puede definirse como aprendizaje y es una función presente en prácticamente todos los animales con cerebro.

Una de las características que definen a una cultura es el conjunto de sus hábitos comunes. Esto es válido para un país, una comunidad o una empresa, así como lo es para una persona. Tuve la fortuna de vivir por un tiempo en Los Estados Unidos, y algo que me costó entender de la cultura norteamericana fue el espacio interpersonal que observan y respetan sus ciudadanos. Allá la gente no se “monta” una sobre la otra. En las filas se mantiene una más que prudencial distancia entre las personas. En el tráfico se maneja con amplias distancias entre los vehículos y se espera con absoluta paciencia a que atiendan a un cliente en una taquilla de banco o en la caja de un supermercado.  Esta separación explícita en espacio y tiempo, al principio contrastó mi hábito latino de pararme a centímetros de distancia de quién espera en una cola o a impacientarme por la lentitud de los cajeros. Los hábitos de distancia y paciencia son símbolos de respeto por el otro y hasta de seguridad, pues, por ejemplo, la separación entre vehículos en una autopista es una buena práctica preventiva para manejar.

Vista la realidad, podemos decir que la seguridad, sin lugar a dudas es un hábito. Puede tenerse o no.  Puede ser bueno o susceptible a mejorar, pero lo mejor y más importante es que siempre puede aprenderse. Construir hábitos positivos de seguridad debe ser entonces, un objetivo de las organizaciones interesadas en crecer en previsión. Estos buenos hábitos compartidos y practicados por todos van a formar parte de una robusta cultura.

Existen múltiples vías para la formación de hábitos, en esta oportunidad voy a referirme a dos que, por experiencia, considero altamente efectivos.

Aprendemos lo que recordamos: detrás de la formación de cultura de seguridad debe construirse un programa que mantenga permanentemente la prevención en la agenda estratégica y operativa de la organización. Por ejemplo, toda reunión debe iniciarse con un reporte actualizado de la situación de seguridad, el ingreso de nuevo personal debe venir precedido de una inducción y con periodicidad es conveniente mantener a la gente informada sobre la evolución y tendencias del delito. Elementos como la señalización adecuada y la producción de contenido de calidad sobre temas de seguridad son indispensables para sembrar cultura. Para que una idea o concepto sea recordado, debe competir con infinidad de prioridades que pasan por la mente. Por ello, la seguridad debe asociarse con útil y beneficioso para la vida. De allí, que un aspecto clave es comunicar la seguridad como un valor positivo que se adquiere y no tanto, como un sacrificio que deba pagarse. No pensemos que la gente recordará aquello que una vez le enseñamos en un contexto aislado o muy teórico. Insertar conceptos de seguridad requiere estrategias de repetición y asociación con situaciones de todos los días. En este sentido, la disciplina es otro aliado en la formación de cultura de seguridad. Aquello que se transmite de forma sencilla y rutinaria produce certezas y, por tanto, generará seguridad.

Todos somos guardianes de los hábitos positivos: una vez que la organización aprende el valor de la prevención, se comienzan a apreciar sus primeros beneficios, traducidos en tranquilidad y reducción real del riesgo. Pudiera decirse que la pieza que completa el engranaje de la cultura de seguridad es la autoridad que adquiere aquel que se acoge a los nuevos hábitos y se transforma en custodio propagador de sus reglas y beneficios. Para que se cierre el ciclo positivo de la transformación cultural se requiere un conjunto de hábitos y sus conductas asociadas bien identificadas y descritas en normas. De hecho, las normas son un excelente canal para institucionalizar y mantener la cultura de seguridad. Estas conductas seguras pueden hacerse medibles y con ellas establecer un sistema de indicadores. Hábitos como no dejar objetos de valor o información sobre escritorios, tener un medio para reportar e investigar hurtos, o hablar por teléfono en zonas públicas, pueden descomponerse en conductas medibles y establecer una escala para cuantificar buenas prácticas.

Hacer de la seguridad un hábito es uno de los objetivos más importantes de la seguridad. Existen múltiples vías para lograrlo. La clave está en identificar un método que se adecue progresivamente a la organización y medir sus avances. Recordar lo útil que resulta la seguridad, formar custodios propagadores de la cultura y redactar normas que recojan el deber ser de la prevención son los primeros pasos en un proceso que debe verse como permanente. Éxito en este camino y espero pronto recibir comentarios y experiencias.

@seguritips

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Sobre el autor

Alberto Ray

@seguritips, Consultor en seguridad, analista de decisiones en escenarios complejos. Especialista en diseño de estrategias para la mitigación de riesgos en organizaciones. Autor de MAPS, Modelo para la gestión de la seguridad

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