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Un negrito llamado Cocaína García

Un negrito de cara simpática asomaba entre las viejas fotos de la pequeña exposición desplegada en el Stadium Nueva Esparta.

Los organizadores de esta Serie del Caribe montaron un pequeño museo para hablar de los orígenes del beisbol en Venezuela, con profusión de retratos entrañables y breves reseñas. Un recorrido imperdible para quien en verdad ame la pelota.

El jueves, después de una conversación conmovedora con el general, escritor, psicólogo e historiador José Antero Núñez, cronista del clásico regional, entramos al pasillo zigzagueante, en el bajo vientre del parque neoespartano, para admirar las fotografías y leer las fichas.

Independencia. Los Samanes. El Stand Paraíso. Royal Criollos. Jesús Corao. El Stadium San Agustín…

Allí estaban algunas de las personas, los escenarios y los equipos que echaron las bases de nuestro gusto por el beisbol, la siembra que permitió la cosecha de la generación que nos dio el campeonato mundial de 1941 y que convirtió a Venezuela en el único país de Suramérica que prefiere sentarse frente a los diamantes, en lugar de querer hacerlo ante un campo de fútbol.

El risueño negrito aparecía con uno de esos uniformes holgados que se usaban antes. Regordete. Sin dudas, simpático.

Era Manuel García. Cocaína García.

Martín Dihigo, el cubano que llegó al Salón de la Fama de Cooperstown, gracias al poder que enseñó en las Ligas Negras, bateaba tercero, no cuarto, cuando compartía con García la alineación.

Pero Cocaína era mucho más que un gran bateador.

Hace algo más de un mes, la afición aplaudió con asombro a Alex Cabrera, por convertirse en el primer toletero triplecoronado en la LVBP. Pues bien, García es el único jugador en la historia de la primera división o del beisbol profesional venezolano que ha conseguido la Triple Corona del bateo y la del pitcheo, ¡y en una misma temporada!

Zurdo, bajito, cubano de nacimiento y venezolano por decisión. Murió en Caraballeda en 1995, después de haber jugado con algunos de los más notables peloteros de su tiempo: Gibson, Dihigo, Vidal López. Y brilló entre todos.

Cocaína es miembro del Salón de la Fama del beisbol cubano y también tiene una estatuilla en nuestro pabellón de Valencia. Pero tendría que haber un modo de promocionar su grandeza hasta ponerle en la memoria colectiva junto a aquellas leyendas inolvidables. Eso pensábamos, al ver su retrato.

¿Cuántos aficionados menores de 40 años de edad saben de él? La mayor parte entre quienes se toman un momento para recorrer la exposición lo hace apresuradamente, disfrutando las fotos y haciendo comentarios jocosos sobre alguna curiosidad en las fotografías. Casi nadie se detiene a leer el asombro o la anécdota expuesta en cada ficha.

Cocaína jugó sólo una temporada en la LVBP, la primera del circuito, la de 1946. Ya tenía 41 años de edad. Estaba a punto de marcharse del deporte activo.

Su nombre quedó junto al mejor average en los anales de la primera división local, nada menos que .354, y en esas lides también fue el lanzador con más victorias, 60, y ponches, 680 en 872.2 innings, de acuerdo con la Enciclopedia del Beisbol en Venezuela.

La Gran Antilla ha dado jugadores brillantes desde que se trazaron las primeras rayas de fair en la ínsula, hace casi 150 años. Uno de ellos, el receptor Andrés Fleitas, juró que no ha nacido en esos pagos un pitcher zurdo mejor que este jardinero izquierdo y cuarto bate, que en 1941, con las Águilas de Veracruz en México bateó para .316 y un año después, con los Pericos de Puebla, ganó 19 juegos, con 22 completos.

El mejor toletero en sus ligas. El más destacado lanzador. Como Babe Ruth en su tiempo. Como Vidal. Como pudo serlo Vitico Davalillo, de no dedicarse más rápidamente que aquellos a la tarea de repartir hits, en vez de evitarlos.

Su negritud le impidió llegar a las mayores, como a tantos otros que debieron lucirse allí y no pudieron.

“Ha habido monticulistas con extraordinarios sobrenombres”, escribió en su autobiografía otro legendario, Buck O’Neil. “Brazo de Acero Davis o Bola de Tobillo Moss, quien soltaba la pelota desde esa parte del cuerpo. Y estaba Cocaína García. Solía enfrentarme a él en Cuba. Cocaína obtuvo su apodo de una retorcida curva, con la que nos entumecía a todos”.

Nunca tuvo una recta de poder. En una visita a su país natal, ya septuagenario, definió así sus pitcheos, en una entrevista que ofreció: “Marañas y más marañas, una aquí y otra allá”.

Cuentan que en su debut en nuestra primera división tuvo una tarde perfecta en aquella pelota semiprofesional, con no-hitter y bateando de 6-6.

Aquel negrito simpático, regordete, de piel reluciente, eligió Venezuela para vivir, luego de quitarse para siempre los spikes, en 1949. Tenía 43 años de nacido. A los 90 inspiró su última bocanada de aire litoralense y se quedó para siempre entre nosotros.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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