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El fin de las dinastías

Se fueron Magglio Ordóñez, Bob Abreu y Omar Vizquel. Algún día también Miguel Cabrera dirá adiós. Todo termina. Al son de Héctor Lavoe, en el Caribe bailamos la natural resignación a que nada dura para siempre.

También terminan las dinastías. Y un tiempo después, acaba la carrera de aquellos que las hicieron posibles.

Los Leones despidieron uno tras otro a Antonio Armas, Baudilio Díaz y Jesús Alfaro, a cada uno de aquellos que formaron la seguidilla triunfal de los melenudos, una vez cumplida la generación de Vitico Davalillo, Gonzalo Márquez y César Tovar.

Se extinguió la inagotable Guerrilla, como bien lo saben y lamentan los seguidores de los Tiburones. Los héroes de la década de los 80 también se fueron: Gustavo Polidor, Luis Salazar, Oswaldo Guillén, Raúl Pérez Tovar, el Café Martínez, Argenis Salazar, Alfredo Pedrique. Todos cumplieron su ciclo.

La dinastía de los Tigres se extinguió hace algunos años. Su cierre comenzó el octubre de 2012, apenas nueve meses después de la última fiesta. No podía durar eternamente, como antes lo supieron Caracas, La Guaira y aquellas otras grandes divisas de la pelota venezolana, como el Industriales, el Cervecería y, muy lejos, hasta el Royal Criollos.

Jamás un equipo ha ganado seis títulos y tres subcampeonatos en tan corto trecho, como los rayados entre 2002 y 2012.

Alex Delgado, Rosman García, Josmir Romero, Ramón Castro, Raúl Chávez y Horacio Estrada se retiraron. Francisco Buttó, Luis Maza, Héctor Giménez, Luis Rodríguez y Víctor Moreno cambiaron de equipo. Tampoco están los arquitectos de aquella maquinaria, el manager Buddy Bailey y el gerente Rafael Rodríguez Rendón.

El adiós de Moreno, ocurrido esta semana, es sólo una vuelta más en esa implacable tuerca. Deja también un momento de nostalgia en sus seguidores, acostumbrados a verle sobre la lomita con total compostura, con una curva que caía del cielo y una recta que no temía a nadie.

El relevista de Puerto Cabello es el perfecto ejemplo de lo que era aquella escuadra: sin grandes nombres, apenas con Miguel Cabrera como bandera; un grupo de guerreros que duplicaban su valor competitivo cuando saltaban al terreno, entre otras cosas porque no creían en nadie, más que en sí mismos. Así, alcanzaron 9 finales en 10 intentos. Increíble.

A Moreno le golpeó su salida de los felinos, hace un año. Es lógico. Era el capitán sin charreteras, uno de los últimos custodios del legado. Como Armas con los Leones y Salazar con los Tiburones, merecía cerrar su trayecto con los Tigres. No se le dio. Esto es un negocio, repiten los peloteros cuando viven cosas así.

De aquella, la última dinastía de la LVBP, quedan todavía Cabrera —que no juega más en este circuito— y otros pocos sobrevivientes que aún anhelan pasar el testigo: Alex Romero, Yohán Pino, Alex Núñez, Yorman Bazardo, Wilfredo Ledezma y los que llegaron al final de la seguidilla y son más jóvenes, como Wilson Ramos, Goyito Martínez y Yangervis Solarte.

Magallanes y Anzoátegui se disputan hoy el derecho a establecer la nueva dinastía. Se han repartido las últimas tres coronas. ¿Podrán alargar su dominio?

La noche también cae para los guerreros más curtidos. Se va Moreno. Se va uno de los mejores pitchers en la historia de las postemporadas de la LVBP.

 

Twitter: @IgnacioSerrano

www.elemergente.com


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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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