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Un estadio para Caracas

Fue mágica esa primera vez, cuando entramos al estadio Universitario en 1976.

Aquellos olores y colores quedaron grabados para siempre en el recuerdo del niño que asistía al templo con enorme fascinación, recreada por la magia de la radio y las fotos de los diarios.

El Universitario es memoria entrañable para miles. Pero también es un mal necesario.

Es una tortura llegar a él. El tráfico caraqueño arrecia justo en el horario previo a cada encuentro. Su acceso principal es estrecho. La entrada inferior es igual o peor.

Las sillas no son especialmente cómodas; al menos son mejores que los bancos y la grada limpia de antes. Pero muchos baños suelen estar cerrados y se forman interminables colas.

Quienes asisten a los bleachers no disponen de mayores servicios. La reventa campea, porque no está prohibida por la ley ni es perseguida eficazmente por las autoridades policiales. El mantenimiento del campo y las instalaciones por parte de la UCV es francamente lamentable.

En el Universitario juegan profesores, estudiantes, jubilados, equipos de otras ligas. Los clubhouses para visitantes son incómodos, vergonzosos para recibir a profesionales. El palco de prensa es una lágrima. El robo de haberes es habitual.

Al final, puede tomar una hora salir después de un cotejo concurrido, tras recorrer un estacionamiento pestilente e inseguro.

El estadio de La Rinconada fue visto por años como una solución para Caracas.. Nunca lo fue. No sólo repetía muchos de los defectos del Universitario; además, queda al otro lado del mundo para la mayoría de los caraqueños, especialmente lejano en horario nocturno.

Antes de la Copa América se habló de construir nuevos estadios en la capital. En cambio, se levantaron escenarios imponentes en el resto del país, incluso en algunas ciudades donde el fútbol profesional no tiene equipos de linaje ni asistencias multitudinarias.

Se propuso un proyecto en La Carlota, en el viejo aeropuerto, pero nada. Más bien se reactivó la idea de La Rinconada, reconstruir aquello y convertirlo en un complejo espectacular, hoy detenido.

Muchos critican a los Leones y a los Tiburones. ¿Por qué no han construido su propia sede?

El actual estadio de los Rangers de Texas costó 1.150 millones de dólares. En nuevo Yankee Stadium costó 2.300 millones. El nuevo hogar de los Bravos de Atlanta cuesta 462 millones. Escenarios anteriores, como el Great American Ballpark (230 millones de dólares) y Candem Yard (210 millones) tienen 15 o 20 años de haber sido erigidos.

 

Son cifras imposibles para empresarios venezolanos. Veámoslo así: Leones y Tiburones, sumados, costaron 12 millones de dólares. Ni siquiera vendiéndolos al doble, podría hoy construirse un parque con lo que pudiera sacarse si el dinero recabado se usara con ese objeto.

Aquellos estadios, además, no fueron pagados por las divisas de Grandes Ligas. Se pagaron y se siguen pagando con impuestos cobrados a los ciudadanos a través de las municipalidades.

Ya es tiempo de dejar de ver a los clubes como los villanos de la historia. El nuevo parque para Caracas, en La Carlota o donde sea, necesita hacerse con aportes del estado, lo que hoy no luce posible.

Así, por cierto, se levantó el Universitario, escenario de sueños y buenos recuerdos, pero también un mal necesario para nuestro beisbol.

 

@IgnacioSerrano

www.elemergente.com


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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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