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El emergente

Tres consideraciones más sobre la votación al Salón de la Fama de Cooperstown este año y el dopaje en las grandes ligas, razón esgrimida por la mayoría de votantes para dejar fuera del templo a figuras con números de leyenda. La primera es un nuevo intento por desmontar una mentira vuelta verdad a fuerza de repetirse miles de veces. El consumo de esteroides sí estaba prohibido en las mayores desde antes de la Era de los Esteroides.

e repite que no había reglas en contra, hasta que Bud Selig impuso las primeras sanciones contra los consumidores en la década pasada. Eso es falso y ojalá algún día se repita lo suficiente como para descartar esa mentira como argumento en este necesario debate. El propio presidente Ronald Reagan firmó un acta en 1988, prohibiendo la venta, consumo y aplicación de esteroides en Estados Unidos sin fines médicos. Luego, en 1991, el comisionado Fay Vincent instruyó por escrito a los 26 equipos de entonces, condenando el uso de sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento deportivo.

Esto prueba dos cosas: por un lado, la penosa actuación de quienes, hasta comienzos de la década de 2000, formaron la sociedad de cómplices que aplaudió a los peloteros dopados, gracias a que producían victorias y dinero; y por el otro, que aquellos que incurrieron en dopaje violaron la ley y se saltaron lo dispuesto por el comisionado, a quien destituyeron poco tiempo después. El argumento que pide reconocer la existencia de la Era de los Esteroides como una parte integral de la historia del beisbol y, por lo tanto, exculpar a todos los que integraron esa generación, tiene también una base poco firme.

Parte de la historia del beisbol fue la barrera racial que duró más de medio siglo y gracias al Cielo no la celebramos ni la reconocemos, sino que, en cambio, la denunciamos. Lo mismo puede decirse de las apuestas, que tuvieron su punto más alto en 1919, con el escándalo de los Medias Negras. Todo esto nos lleva a otro argumento muy usado en defensa de aquellos que se doparon y ahora son candidatos a Cooperstown: si al Salón de la Fama no pueden entrar Barry Bonds y compañía, hay que sacar de allí a todos los sociópatas, como Ty Cobb; a los peloteros que consumieron anfetaminas para mejorar su resistencia (muchos, aunque no se sabe a ciencia cierta quiénes); y a los que apoyaron abiertamente el racismo, como Cap Anson. Es como pedir que, puesto que en nuestras calles abundan los ladrones y los asesinos, aquellos que están presos en las cárceles tendrían derecho a salir en libertad.

Ojalá algún día pueda limpiarse el pabellón, ya que uno de los requisitos para la inmortalidad es exhibir una conducta ética comparable al desempeño deportivo. Pero mientras tanto, la solución no pasa por seguir inmortalizando a aquellos que se sepa que han hecho trampa y violaron reglas y leyes. La sociedad de cómplices continúa. Sí, hay sanciones y acaban de anunciarse nuevas disposiciones para controlar el uso de sustancias prohibidas. Pero que haya votantes que escriben sin ambages que votan simplemente por los números y argumentan que no importa que un pelotero haya consumido esteroides (Rafael Palmeiro, por ejemplo) es avalar, y en muchos casos -pues se trata de periodistas en sus 40 o 50-, es continuar con la actitud que llevó a la mayoría de la prensa de la década de los noventa a mirar a otro lado. Acusar de hipócritas a quienes no votan por Bonds, Palmeiro y compañía es igual a robar y gritar ¡Al ladrón!, para desviar la atención. Algunos dentro de ese 60 o 65 por ciento quizás han sido coherentes frente al problema y otros, al menos, han decidido enmendar su error.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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