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El emergente

La última votación para el Salón de la Fama de Cooperstown tiene muchas lecturas. He aquí dos. La menos dramática, invita a creer que cuando menos Craig Biggio resultará inmortalizado dentro de un año, porque con el número de periodistas que religiosamente votan por nadie en su primer año de elegibilidad, el ex receptor, camarero y centerfielder de los Astros terminará de dar el salto que le lleve de 68 a 75 por ciento, el mínimo necesario para conseguir una placa en el pabellón.

Ese grupo que no elige a nominados en su primera oportunidad ronda el 7 por ciento y tiene un curioso argumento: si ni siquiera Babe Ruth logró la unanimidad, nadie la merece. Esto ha pasado antes, lamentablemente, y nada malo ocurrió. Después del vació de 1996, llegó 1997, fue exaltado Phil Niekro y varios dieron un paso hacia el destino final: Don Sutton, Tany Pérez, Jim Rice, Bruce Sutter. Los próximos 17 años estarán bien nutridos de elegidos, como sucedió en los anteriores 17, porque junto a Biggio y otros buenos candidatos de esta papeleta irán apareciendo Pedro Martínez, Greg Maddux, Tom Glavine, Chipper Jones, John Smoltz y muchos más.

La segunda lectura es trágica y se ubica en el lugar desagradable a donde llevaron al deporte de nuestros amores quienes vivieron de la era de los esteroides, desde los peloteros que rompieron la ley que los prohibía, firmada por el presidente Ronald Reagan en 1988, hasta todos los que miraron a otro lado o fueron cómplices: ejecutivos, propietarios, médicos, trainers, managers, coaches, agentes y, por supuesto, periodistas. No fueron todos. En la ciudad más perversa hay al menos un buen Lot que merece ser salvado. Pero el beisbol en general, y las grandes ligas en particular, fueron durante muchos años -y en cierto modo todavía son- una sociedad de cómplices, tan repudiable como aquella sociedad de cómplices que pudiera carcomer a un país en lo social. Astros como Barry Bonds, Roger Clemens, Mark McGwire, Mike Piazza, Rafael Palmeiro y Sammy Sosa tienen números comparables con los mejores de la historia.

Deberían estar en Cooperstown por eso. Pero también Pete Rose o Joe Jackson, ¿no? El problema está en que, como bien dicen las reglas de elección, una hazaña estadística no garantiza la entrada a Cooperstown. Además de pasar por el cedazo de los electores, la planilla que recibe cada votante pide elegir a quienes, junto a una gran carrera, hayan exhibido valores de deportividad y moral. ¿Se puede criticar a ese casi 65 por ciento que ha decidido no apoyar la candidatura de aquellos sobre quienes pesan pruebas importantes de haberse dopado? No son todos los que citamos arriba, pero tomando el caso de Bonds: sus formidables números ¿se equiparan con una conducta ética? En su carrera dio positivo por consumir anfetaminas, fue condenado por obstrucción de la justicia y se salvó de ir a la cárcel porque su entrenador personal, al que los responsables del laboratorio Balco entregaron esteroides y la hormona de crecimiento humano, para serle administrados de acuerdo con un riguroso cronograma preparado para él, ese entrenador, decidió no declarar e ir él a la cárcel, para salvar a Bonds.

El pasado, esa sociedad de cómplices, no se limpiará asumiendo con cinismo que basta con pasar la página y asumir que todos fueron sospechosos, por lo que nadie lo es. En honor a los muchos o pocos inocentes, un asunto así merece ser evaluado sin posiciones superficiales, para que algún día se haga justicia con todos y quede para nuestros hijos el ejemplo, el doloroso ejemplo, de que en la vida no puede asumirse que vale todo. Y eso incluye al beisbol.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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