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El ejemplo de Armas, Galarraga y Cabrera

Levante la mano quien tuvo la suerte de ver a Antonio Armas bateando un jonrón. El primer slugger de Venezuela en las Grandes Ligas seguía un guión único, cuando enviaba lejos la pelota. Trotaba alrededor de las bases, sin aspavientos, probablemente gozoso, pero sin hacer burla del rival ni jactarse de lo largo de su estacazo.

 

Vaya que Armas dio tablazos sonoros. Fue estrella en la LVBP y en la Serie del Caribe, pero, sobre todo, brilló como antes ninguno de sus compatriotas en la MLB.

 

Dos veces fue el máximo  jonronero en la Liga Americana. ¿Y cómo festejaba sus conexiones? Bajando la cabeza, sin gestos de ningún tipo y recibiendo las palmadas de coaches y compañeros.

 

¿Recuerdan los vuelacercas de Andrés Galarraga? También encabezó en un par de oportunidades su circuito, la Nacional.

 

Elevó a 47 el récord de bambinazos para criollos en las mayores. En tres temporadas diferentes superó las cuatro decenas. Se retiró con 399 pelotas para la calle en la gran carpa.

 

Cada quien tendrá su cuadrangular favorito, entre todos los que dio el Gran Gato. Pudiera ser aquel que montó en el antepenúltimo escalón de un repleto estadio Universitario, vistiendo el uniforme del Caracas, por todo el jardín central. O quizás ese que le sacó al astro Kevin Brown, uno de los más largos de todos los tiempos, en el enorme Dolphin Stadium.

 

Cada uno de esos descomunales jonrones de Galarraga era seguido por el mismo guión: mirada al frente y a trotar por las almohadillas.

 

¿Puede alguien creer que el gigantón de Chapellín no disfrutaba de sus logros?

 

Robert Pérez escaló hasta el primer  lugar de todos los tiempos entre los bateadores de la LVBP con semejante costumbre. Una vez, en el Universitario, nos habló de eso que los propios peloteros desde hace algún tiempo llaman “perreo”, que consiste en gesticular estentóreamente o quedarse de pie en el home, observando salir la pelota, para remarcar la distancia recorrida o el carácter decisivo de la conexión, lo que tiene su contraparte en esos pitchers que hacen otro tanto cuando consiguen un ponche. Eso no iba con él, soltó la Pared Negra.

 

Miguel Cabrera envió la pelota el domingo a más de 460 pies de distancia.. Como ha hecho más de 400 veces en su carrera, corrió suavemente alrededor de las bases, sin más ni menos. Sus legendarios compatriotas se retiraron hace mucho. Pero su ejemplo —y el de tantos otros de sus colegas, hoy— es la prueba de que no se trata de épocas distintas, sino de estilo.

 

Cabrera ha preferido dejar que sus habilidades hablen, como antes hicieron Galarraga o Armas. No necesita gestos que pretendan grandeza, no necesita pedirle alboroto al graderío. Lleva a los hechos, como aquellos hicieron, las palabras de Melvin Mora, integrante del Salón de la Fama de los Orioles, para quien la verdadera grandeza de un pelotero consiste en demostrar deportividad cuando se está arriba.

 

Hay quienes disfrutan esos gestos y consideran que son parte inherente del beisbol actual. Cabrera lo desmiente con cada vuelacercas, posiblemente porque considera también que son jactancia y a menudo una falta de respeto al adversario.

 

Armas no necesitaba jactarse de su fuerza, sólo hacía lo suyo y ya. Galarraga jamás irrespetó a un rival. Por ello ocupan ese sitial que jamás abandonarán.

 

@IgnacioSerrano

www.elemergente.com


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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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