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El coleccionista de maderos

Nueva York es una ciudad fría en septiembre, pero los alrededores del Yankee Stadium siempre están rebosantes de aficionados cuando faltan pocas horas para que los Yanquis salten al terreno.

Aquella tarde de 2001 visitamos el viejo parque en busca de dos entrevistas. Los Indios estaban de visita, con Omar Vizquel como shortstop estelar, y también nos interesaba aquel discreto utility del equipo contrario, que en Venezuela tenía la misma fama que Vizquel.

Saludamos a ambos en el campo, y cuando tuvimos la oportunidad, hicimos lo que muchas veces nos recomendó Humberto Acosta, maestro y mentor: abrir los ojos, recorrer los espacios y tratar de hallar detalles que enriquecieran nuestro trabajo.

Así fue como entramos al clubhouse de los Yanquis, en busca de algo que relatar.

No es lo mismo caminar por el nuevo estadio, erigido en 2008, justo enfrente. Pasear por los bajos de “la casa que construyó Babe Ruth” en 1923, recorrer los pasillos por donde sólo pasaban peloteros, directivos y periodistas, causaba cierto arrobamiento, una oleada de admiración que iba más allá del fervor personal; después de todo, este columnista se ubica en la acera de enfrente de ese imperio del mal que son los Yanquis, el equipo más exitoso y notable del beisbol mundial.

Trabajar en El Nacional nos ha dado el maravilloso privilegio de vivir y relatar anécdotas como esta.

Entramos al clubhouse de los Yanquis. Allí estaban los lockers de Derek Jeter y Jorge Posada. Allá, los de Paul O’Neill y Tino Martínez, Bernie Williams y David Justice. Ese equipo había ganado cuatro de las últimas cinco series mundiales y estaba en camino de otro clásico de octubre.

Viendo el lugar donde veían discurrir buena parte de su tiempo aquellas súper estrellas, algo llamó nuestra atención: aquel discreto utility, que pasaba desapercibido en el Bronx, era el pelotero que más bates tenía en su puesto.

Jeter, Posada, Williams tenían dos, tres, quizás cuatro maderos en sus lockers. En cambio, ante nuestra mirada se desplegaba un desorden de bates negros y beige, marrones y naranjas, una docena de ellos, acumulados cerca de una batera, de donde asomaban varios toletes más.

Era impactante el contraste con los demás camerinos.

Era el lugar de trabajo de un bateador profesional, indudablemente. Era el locker de Luis Sojo.

Tantas veces entrevistamos a Sojo, en tantas ocasiones tuvimos el privilegio de escuchar sus anécdotas y preguntarle sobre aquello que nos causaba curiosidad, que pudimos enterarnos de mucho. Es otro privilegio de esta profesión.

Por ejemplo, que el petareño es un coleccionista, que le pedía bates a sus compañeros, cuando encontraba un madero de su agrado.

Que cambiaba de barquillo conforme avanzaba la temporada, eligiendo algunos menos largos o pesados.

Que aquel hit que dio la corona a los Yanquis en la Serie del Subway, en 2000, contra los Mets, lo consiguió con un bate de su compañero Clay Bellinger.

Que se buscó otro igual para entregarlo a los representantes del Salón de la Fama de Cooperstown, porque aquel madero “de ocho cilindros”, como los llama, tenía que permanecer con él para toda la vida.

Uno de nuestros primeros acercamientos a Sojo encontró respuesta acre, en medio de un mal momento de sus Cardenales. Últimamente le notamos algo ríspido, a propósito del Clásico Mundial. Pero pocas veces hemos tenido a un entrevistado más entretenido ni hemos votado con más claridad para nuestro Salón de la Fama como cuando votamos por él.

Este jueves fue su exaltación y de inmediato recordamos la anécdota de este genuino profesional del bateo, el coleccionista de maderos, que logró su inmortalidad gracias a aquella obsesión.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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