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El adiós de un pelotero con carácter

No hubo persona más pitada en el estadio Universitario entre 1997 y 1999 que Robert Pérez.

 

Aquel bateador derecho que el manager Omar Malavé alineaba en el medio del orden era el símbolo más claro de la emergencia crepuscular. Formaba parte de un grupo brillante, pitchers y toleteros que impusieron su ley durante poco más de una década y cuya principal característica probablemente fuera creer en sí mismos.

 

Un equipo es casi imbatible cuando combina tal convicción con el talento deportivo.

 

Los Cardenales de Pérez, de Luis Sojo, de Giovanni Carrara, de Miguel Cairo, de Edwin Hurtado, eran buenos jugando pelota. Pero lo mejor era el modo cómo encaraban la adversidad.

 

Cuando Alex Delgado, otro de esos guerreros, fue arrollado en el home del estadio Universitario por Wilfredo Romero, la tribuna le contó 10 al adolorido receptor, mientras era atendido en el suelo. Era una burlona alusión a los boxeadores noqueados.

 

Delgado había sufrido la rotura de un ligamento en la rodilla, por lo que debió ser sacado en camilla, se perdió el resto de esa final contra los Leones, no pudo ir al spring training de Grandes Ligas y estuvo un año entero sin jugar, rehabilitándose.

 

En el avión, rumbo a Barquisimeto, todos en el bando larense tenían la misma respuesta para la inesperada afrenta: el único modo de hacerles pagar la burla era impidiéndoles el gozo de la celebración. Y lo hicieron. Los pájaros rojos fueron campeones.

 

Cada turno de Pérez en la capital era recibido por una silbatina atronadora de los fanáticos caraquistas. El guayanés no respondía, más que con el bate. En no pocas ocasiones, acalló los abucheos con cuadrangulares, mientras crecía su imagen hasta convertirse en uno de los más grandes bateadores criollos que han pasado por la LVBP, junto a Vitico Davalillo, Teolindo Acosta, Camaleón García y pocos más.

 

Nunca se consolidó en las mayores. Como Roberto Petagine, uno de sus rivales del Caracas, trituró el pitcheo en triple A y seis veces se ganó el ascenso. Tal vez si hubiera sido un jonronero nato, habría logrado un nicho arriba. En cambio, terminó exportando sus habilidades más allá de Estados Unidos, como Petagine, y se hizo un competidor habitual en México y Japón.

 

Esa es la única página no escrita en el lustroso libro que recoge la larga y brillante carrera de Pérez. Seguramente habrá lamentado más de una vez el no haber disfrutado de una extensa pasantía por la gran carpa, como sí la tuvieron Sojo, Carrara y Cairo.

 

Pero a sus 45 años de edad, este emblema del coraje, del trabajo silencioso y la constancia, sonreído padre de familia y buen competidor, tiene que haber pensado que aquel fue el rédito que pagó para decir adiós con la grandeza con que hoy se despide.

 

De haber sido un bigleaguer a tiempo completo, tal vez habría conectado 1.000 hits y quizás se habría acercado a los 97 jonrones de Antonio Armas. Pero no habría tenido el modo de superar las marcas de Armas y Camaleón, de poner su nombre al lado de Vitico y ganarse un boleto por aclamación a nuestro Salón de la Fama.

 

Pérez anuncia el fin de su carrera. Es un año de despedidas. También se marchan Bob Abreu y Tomás Pérez. Tendrá compañía dentro de cinco años, el día en que todos recordaremos el carácter que enseñó en los diamantes, mientras devela su estatuilla en el templo de Valencia.

 

Twitter: @IgnacioSerrano

www.elemergente.com

 

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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