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Tángana, multas y la suspensión que no llegó

No tuvo final feliz el episodio del domingo, en el Universitario.
 
Sí, los involucrados quedaron contentos, al no ser suspendidos, y sus equipos apenas protestaron el monto de las multas que la liga impuso a Jesús Aguilar, Armando Galarraga y Alex Cabrera. Pero no es deseable que una gresca como esa, con puñetazos y graves gestos antideportivos, un acto que afectó la imagen del espectáculo y del deporte que amamos, tenga por castigo sólo una sanción económica.
 
Especialmente, porque lo usual es que sean los clubes quienes paguen esas multas, no los involucrados.
 
¿Qué pasó? ¿Por qué no hubo la sanción que muchos consideraban justa y necesaria?
 
Sabemos de buena fuente que el equipo encabezado por Oscar Prieto Párraga era partidario de suspender de inmediato a Aguilar, Galarraga y Cabrera.
 
Prieto prometió, al tomar la presidencia de la liga, que rescataría el respeto a los árbitros, a la limpia competencia y al espectáculo que él y su familia contribuyeron a convertir en el pasatiempo nacional.
 
Entonces, si el alto mando de nuestra pelota era partidario de aplicar suspensiones inmediatas, ¿por qué un episodio tan grave se saldó con multas?
 
Muchos pasan por alto el complicado tramado de lógicos y lícitos intereses que concurren en estos casos.
 
Los dueños del torneo son los equipos, y ellos buscan imponer criterios en beneficio del objetivo natural de cada divisa, que es conquistar el campeonato.
 
Es ya un lugar común la expresión acuñada por algún ejecutivo de nuestro beisbol, años atrás, al decir que hay dos ligas: la que discurre entre febrero y septiembre, cuando todos trabajan juntos y toman acuerdos amigablemente, la mayor parte de las veces, y la que va de octubre a enero, en la que la natural obsesión de conseguir el título hace que todos se vean con desconfianza y piensen únicamente en el modo de ganar, a costa, incluso, del necesario ambiente de cordialidad y los intereses comunes, que deberían imperar.
 
Pesó demasiado el argumento contra las suspensiones: que por uso y costumbre, por jurisprudencia, porque los últimos cinco casos graves ocurridos en playoffs no habían recibido suspensiones inmediatas, sino castigos a pagar en la siguiente eliminatoria, había que descartar una medida en plena semifinal.
 
Por eso, por optar por el camino de las multas, se prefirió aplicar multas con montos sin precedentes, al menos, para tratar así de causar algún impacto por esa otra vía.
 
La directiva liguera desechó aplicar suspensiones en octubre, como hicieron sus antecesores, por considerar, con razón, que eso no es una sanción ejemplarizante.
 
Tenemos entendido que buscan descartar para siempre esa alternativa y lograr que en el futuro haya suspensiones en playoffs, a pesar de lo que signifiquen para los involucrados y aunque los equipos sufran. Es lo deseable.
 
¿Cómo llegar hasta allí?
 
La medida sólo puede ser tomada por las propias escuadras. En el pasado hemos dicho que debe existir una especie de código penal beisbolero, que especifique penas para cada infracción. Un código al que se acuda cada vez que suceda algo irregular, como la pelea de Universitario hace una semana.
 
Eso terminaría con la humana subjetividad y las presiones. Todos sabrían de antemano a lo que se exponen con cada violación a las normas.
 
Ese código de ética está en proceso de redacción y será presentado en la convención anual, nos ha dicho Humberto Angrisano, vicepresidente de la LVBP. Es una noticia estupenda.
 
Esperemos que incluya sanciones ejemplarizantes para episodios tan lamentables como el que aquí abordamos. Y que a partir de la próxima temporada exista la posibilidad —y más aún, la obligación— de suspender a quien incurra en graves faltas, incluso si su novena está en plena disputa de una final.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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