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Ryan Braun no cometió un error

Suspenden Ryan Braun por uso de sustancias no permitidas / AP

Suspenden Ryan Braun por uso de sustancias no permitidas / AP

Los atletas que se dopan nunca lo admiten, hasta que son atrapados.

Todos saben que hacen mal. Incluso en los tiempos de la coartada favorita de aquellos que justifican el uso de sustancias controladas en la Era de los Esteroides.

Esa coartada es repetir que antes de 2003 el dopaje no estaba prohibido en el beisbol. Mentira. Y repetirlo, a sabiendas de lo que hoy conocemos, es una prueba de debilidad moral.

Si esa coartada fuera cierta, ni Barry Bonds ni Mark McGwire ni Roger Clemens, ninguno de los señalados de entonces, habría tenido problema para asumir lo que hizo.

¿Qué importaba, si no era trampa? ¿Por qué negarlo, si la salud no estaba en riesgo y no era ilegal? Pero ellos ya sabían en 1998 lo que las grandes ligas y la mayoría de los medios de comunicación ocultaban: aquellos químicos no podían comprarse libremente porque desde 1988 estaban prohibidos por la ley estadounidense.

Cada nuevo escándalo ocurría a partir de una investigación del FBI o la DEA, y fue la amenaza del congreso de los Estados Unidos lo que torció el brazo de las mayores y obligó a que se diseñara una política antidopaje en el beisbol.

Lance Armstrong negó su culpabilidad y atacó de modo insolente a quienes le acusaron. Marion Jones juró que era falsa la versión sobre su consumo. Clemens llevó a juicio a su antiguo expendedor y delator. Bonds permitió que su ex entrenador fuera a la cárcel, para que él mismo no fuera señalado como culpable.

Y ahora tenemos a Ryan Braun, sorprendido por dopaje en 2011, quien no sólo lo negó, sino que hizo lo posible para arruinar la reputación y la vida de un empleado de Fedex, en una contraofensiva cruel, que incluyó ruedas de prensa, comunicados oficiales y correos electrónicos anónimos, a fin de aplastar al joven encargado de entregar la muestra de orina que probó su falta, Dino Laurenzi Jr., y salir sin daño del escándalo.

Laurenzi fue despedido de su trabajo por la despiadada campaña de este personaje amoral, que al ser capturado nuevamente se esconde en un escueto comunicado y dice: “No soy perfecto”, “cometí un error”.

Braun no cometió un error. Un error es el fallo en el que alguien incurre por una acción impulsiva, por una decisión errada.

Montar en cólera nos hace caer en errores. Reaccionar sin pensar, también.

Braun actuó premeditadamente. Negó reiteradamente haberse dopado y aceptó un premio como Jugador Más Valioso que jamás debió recibir.

Habló de sí mismo como “un ejemplo a seguir”, alguien que “respeta la integridad del juego” y tantas otras mentiras.

Calculadamente, hizo todo a su alcance para arruinar a Laurenzi, cuyo error fue guardar durante dos días la muestra de orina en un refrigerador, algo que la WADA, la agencia antidopaje de Estados Unidos, dijo que no afecta el estado de una muestra, pero que no está estipulado en el acuerdo con la Asociación de Peloteros, lo que le permitió ganar la apelación.

Para salir con bien, Braun denunció a ese pobre diablo, acusándolo de irresponsable. Sus acólitos escribieron a periodistas, sugiriendo una vinculación de Laurenzi con el mercado de sustancias prohibidas, como denunció Jeff Passan, de Yahoo! Sports.

Braun ayudó, de modo decisivo, a que un hombre inocente fuera acribillado moralmente. Pero no es poco su castigo.

Aunque 65 juegos parezca una nimiedad, el mentiroso ha quedado expuesto. No sólo perderá 3,4 millones de dólares este año, también muchos millones más en patrocinantes. Perdió su lugar en el Salón de la Fama. Perdió su credibilidad.

Hoy se esconde detrás de un comunicado. No importa. Ahora comienza a pagar lo que le hizo a aquel humilde empleado a quien destruyó para esconder sus propias faltas.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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