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De Regino Otero a Buddy Bailey

Incluso el gran Regino Otero se quedó un día sin equipo.

El manager más ganador en la historia de la pelota venezolana nunca fue despedido aquí, a pesar de dejar atrás primero a los Industriales y luego a los Leones, los clubes que dirigió en Venezuela y con los que consiguió siete campeonatos, récord en nuestra liga.

Memoriosos hombres de beisbol, como Rubén Mijares y Oscar Prieto Párraga, tardaron en recordar cómo terminó la historia del cubano. Sus triunfos y su trayectoria sí son inolvidables.

Nadie recuerda su despido, porque jamás ocurrió. A diferencia de su más célebre heredero, Buddy Bailey, dado de baja por los Tigres a mediados de esta semana, Otero simplemente no renovó con el Valencia ni con el Caracas.

Cuenta el historiador Javier González que el célebre timonel recibió una oferta irrenunciable desde Puerto Rico, por lo que desistió firmar con los Industriales, y al caerse aquel ofrecimiento, ya era tarde para retomar su cargo, porque el Valencia había contratado a un nuevo estratega.

Así fue cómo Pablo Morales y Oscar Prieto se hicieron del técnico cubiche, inesperado agente libre.

Con los centrales ganó tres coronas, entre 1955 y 1961. Sumó otras cuatro con los capitalinos, entre 1961 y 1968. Pero ya Pompeyo Davalillo había dado el paso que le convertía en coach “y fue puesto al lado de Otero, para que aprendiera de él”, señaló González, que acaba de publicar una formidable biografía del zuliano.

La campaña 1968-1969 fue la última del legendario cubano. Para la siguiente no fue renovado. Davalillo tomó las riendas y así terminó, sin grandes aspavientos, la era en Venezuela de uno de los más grandes dirigentes del Caribe.

“Su señora le pedía más presencia en su casa, en Miami”, explicó Mijares. En los años por venir, tendría un trabajo más relajado, como scout de los Indios y posteriormente de los Dodgers, hasta poco antes de su muerte, ocurrida en 1988.

Bailey no protestó, al saber la decisión de la directiva. Salió de Aragua fiel a sí mismo: trató de contra argumentar, explicando su punto de vista, pero aceptó la irreversibilidad de su baja, al escuchar al tren ejecutivo.

¿Era todavía capaz de darle un vuelco al rumbo del equipo? La gerencia creyó que no. Y a diferencia de lo sucedido durante la mala racha del campeonato pasado, aquella vez los Tigres eran campeones y el estadounidense tenía crédito para seguir; esta vez carecía de fondos suficientes, porque venía de ser eliminado.

Pesó el miedo de una segunda eliminación en fila y pesó la percepción en el alto mando tigrero de una supuesta pérdida de espíritu competitivo, junto a la convicción de que por primera vez en sus 12 años en la novena, Bailey no sería capaz de encender el fuego de sus dirigidos.

¿Por qué? Porque todo ciclo termina, quizás. Porque hacer lo mismo tanto tiempo conlleva el riesgo de bajar la intensidad, tal vez.

Hay factores exógenos claramente decisivos para la salida de Bailey. El estrepitoso fracaso de sus abridores Omar Poveda (9.68 de efectividad), Cole De Vries (10.80), Yorman Bazardo (5.51) y Carlos Hernández (4.85); los fallos al cerrar juegos de Víctor Moreno, Eduardo Sánchez y los batazos recibidos por Aaron Thompson, Erik Arnesen y J.D. Durbin.

Aragua era el club con menos anotadas, pero Bailey sobrevivió a eso muchas veces; no tener una respuesta de sus lanzadores es otra historia, tratándose de un timonel cuya gran virtud y éxito se alza sobre los brazos de sus pitchers.

Tendrá otra oportunidad. Ya hay escuadras interesadas en él y tampoco es descabellado pensar que en un lustro pueda volver al equipo que ayudó a diseñar. A diferencia de Otero, Bailey vive en Maracay.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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