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Pitchers en un polígono de tiro

Magallanes y Caribes llevan dinamita en sus faltriqueras. No es cuento.

Nunca un pelotero había dado tantos jonrones en una temporada, contando ronda regular, semifinal y final, como Mario Lissón.

Cory Aldridge tuvo una cosecha de Jugador Más Valioso y sigue bateando.

Juan Rivera logró una cadena de 29 juegos consecutivos con hits, incluyendo una buena dosis de extrabases.

Héctor Giménez es el ambidiestro con más vuelacercas en la historia de la LVBP y en esta zafra impuso una marca personal de estacazos de vuelta completa.

Ramón Hernández es Mister Enero en esta pelota, versión tropical de Reggie Jackson en octubre.

Oscar Salazar y José Castillo ocupan el sexto y el séptimo puesto de todos los tiempos entre los principales jonroneros de la liga.

Pablo Sandoval… bueno, es Pablo Sandoval.

Podríamos seguir la cuenta.

Turcos y tribales ocuparon los puestos de escolta detrás de los Leones en la lista de más bambinazos en la fase regular. En la cuarta posición llegaron los Tiburones.


Sí, Magallanes y Caribes tienen dinamita. Pero esa dinamita estalla en verdaderas cajas de resonancia, que aumentan las posibilidades de sumar tablas de largo metraje.

El estadio Chico Carrasquel, casa de los aborígenes, fue el parque donde se conectaron más vuelacercas. Aunque su superficie es grama artificial, lo que favorece a los defensores, y tiene una amplia zona de foul, buena para los pitchers, el viento de la bahía de Puerto La Cruz sopla a menudo hacia afuera, hacia los jardines.

Esa condición da a los elevados un metraje adicional.

El Universitario, hogar de melenudos y salados, está construido a casi 1.000 metros sobre el nivel del mar, lo que favorece los batazos por el aire, y tiene un jardín central ridículamente corto, con 385 pies.

En contraste, el Antonio Herrera Gutiérrez de Barquisimeto tiene 407, una cifra estándar en las grandes ligas. Saquen cuentas: el center del Universitario tiene siete metros más que su par crepuscular.

El jardín central más corto del circuito está en Maracaibo. Paradójicamente, es el lugar donde se consiguen menos cuadrangulares luego del Stadium Nueva Esparta.

Un nivel del mar casi en cero, la humedad del Lago y, sobre todo, el viento que sopla hacia adentro, desde el outfield, convierte en tarea ciclópea la de Ernesto Mejía y sus colegas.

El Luis Aparicio tiene sólo 370 pies en su máxima distancia, aunque al igual que el Universitario, es más largo de lo normal por las bandas, con 345 pies en los postes de fair.

En Guatamare, la sede de los Bravos, ocurre una tormenta perfecta contra los toleteros: además de las condiciones climáticas y geográficas, muy similares a la capital zuliana, están las dimensiones del escenario, con medidas de liga mayor: 404 pies por el centro y 330 por las bandas.

Todo esto pasó por nuestra cabeza el jueves, cuando Rivera fue a batear contra Toru Murata y descargó una sólida línea que Gorkys Hernández estuvo cerca de atrapar. La pelota abandonó el terreno por poco.

Es lícito pensar que no habría sido un estacazo de cuatro esquinas en otras sedes de la LVBP. En Valencia, las condiciones ambientales son neutrales, a diferencia de Maracaibo o Puerto La Cruz. Pero no hay otro estadio como el José Bernardo Pérez.

Con la última remodelación, que adelantó las bardas, el center quedó apenas a 378 pies, con 338 por las rayas. No hay aquí un diamante con menos metros cuadrados de superficie.

Lissón tiene fuerza y ni hablar Sandoval. Pero cada vez que veamos un jonrón en esta final, sintamos algo de conmiseración por esos  pitchers obligados a subirse a la lomita en dos polígonos de tiro.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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