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Manuel González

Ocurría cada mes de septiembre, año tras año. Entrábamos al terreno del estadio Universitario para cubrir la primera práctica de pretemporada de los Leones y al cruzar palabras con Manuel González, el coach de los melenudos, nos miraba a los ojos y soltaba: “¿Cómo fue que se dejaron ganar esa final, teniendo ese equipazo?”.

Una sonrisa acompañaba la pregunta, invariablemente.

A Manuel lo conocíamos por nuestra colección de barajitas y en vistazos de larga distancia, desde las tribunas. Por fin, coincidimos en un terreno de juego e iniciamos una relación de respeto y afecto que hoy nos tiene con el corazón triste, escribiendo esta columna.

Esa primera vez fue en el campo de la Universidad Católica Andrés Bello, nuestra alma máter, donde jugamos pelota desde nuestro ingreso.

Manuel era el entrenador de la selección de la Ucab, uno de los muchos roles a través de los que se mantuvo vinculado al deporte amateur. A menudo era el umpire en los torneos internos de la universidad. Y en una de esas justas, en la que por fin tuvimos un equipo realmente competitivo, vio cómo perdíamos la final dos juegos por uno, ganando por paliza una vez y cediendo por forfeit las otras dos.

“¿Cómo es posible que pierdan así la final, con ese equipazo?”, soltó minutos después de sentenciar nuestra derrota en el torneo ucabista. Era 1986 o 1987.

Pocos años después, con una sonrisa benevolente, nos recibió en nuestro primer entrenamiento con la misma pregunta, que repetiría invariablemente durante dos décadas.

Sus antiguos pupilos lo recuerdan como un buen consejero. Sus números lo recuerdan como un pitcher competidor, que por 13 temporadas se mantuvo en acción en la LVBP. Sus colegas y antiguos jefes lo recuerdan como un trabajador responsable y abnegado.

Nosotros lo recordamos como un hombre bueno, un cálido conversador. Siempre atento al modo de facilitarnos el trabajo. Uno de los primeros en llegar al estadio cada tarde, ilusionado con su labor, soñando cumplir una década más con el uniforme puesto.

Su carrera fue tan larga, que comenzó nada menos que con el Venezuela de Yanesito, en 1954. Y a veces contaba anécdotas inolvidables. Por él supimos la primera vez que los equipos enviaban a sus peloteros en carros libres a los juegos del interior, repartidos en grupos de cuatro.

“El Loro Betancourt nos daba un sándwich en una bolsita, un cuartico de leche Silsa y nos metíamos todos en el carro”, relataba riendo.

No es cualquier cosa acumular 60 años con el uniforme puesto. Exige ser buen pelotero y buen instructor. Manuel fue todo eso y más. Buen ciudadano. Buen amigo. Buena gente.

“Aquí estoy, no dejan que me retire”, nos dijo las últimas dos veces que nos recibió al inicio de una pretemporada. Pero ya con 80 años de edad, casi nunca se levantaba de la esquina del dugout donde solía sentarse con la carpeta donde portaba el lineup de cada jornada, cuidadosamente transcrito con su letra impecable..

La marcha de Manuel es una pérdida para todos quienes le conocieron, pero muy especialmente para esa familia suya, que amorosamente le llevaba al parque cada tarde, permitiéndole alargar así su historia de amor con el beisbol.

Ya no habrá quien nos pregunte en septiembre cómo fue que perdimos aquella final, hace mil años.

Descansa en paz, Manuel.

 

Twitter: @IgnacioSerrano

www.elemergente.com


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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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