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Lance Armstrong, Marion Jones y el dopaje en el beisbol

Lance Armstrong no dio positivo en dopaje, mientras se convertía en leyenda del Tour de Francia. Quedó en un disparadero al ser revisadas por segunda vez las muestras de orina que entregó años atrás, gracias al uso de tecnología de punta y con la información disponible en la actualidad.

“La lucha contra el dopaje es como el juego del gato y el ratón, sólo que el gato está ciego”, sentenció una vez Victor Conte, fundador del laboratorio Balco, que suministró esteroides, hormona de crecimiento humano (HGH) y otras sustancias controladas a deportistas de varias disciplinas, incluyendo campeones olímpicos y estrellas del fútbol americano.

El gato está ciego, porque las computadoras necesitan cargarse con la información de cada químico ilegal. Si un medicamento no ha sido registrado, es como si no existiera, hasta que se filtra.

Armstrong cayó, porque la Unión Ciclista Internacional no ordena destruir las muestras tomadas a sus atletas y el felino invidente de 2001 logró visión 20/20 en 2011, pues los analistas ya sabían qué buscar. Lo demás es historia.

Hagan el ejercicio de escrutar en pos de su huella en la página oficial del Tour: Armstrong desapareció. Fue borrado del palmarés.

No está en la galería de grandes momentos ni entre los ganadores. Cada edición que dominó aparece ahora vacante. En la pequeña página dedicada a cada participante, sus desempeños entre 1999 y 2010 se ven en blanco. Abajo, en negritas, una pequeña leyenda dice: “Descalificado por dopaje en 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2005, 2009, 2010”.

Su gloria, sus éxitos, sus lauros, todos volatizados con retroactividad, hechos polvo junto con su reputación.

Marion Jones fue uno de los clientes más renombrados de Balco. Triple ganadora del oro olímpico en Sydney 2000, con medallas en mundiales y la admiración general de los seguidores del atletismo internacional, llegó a inyectarse estando en plena Villa Olímpica, en Australia.

Todo se supo casi un lustro después, cuando Conte fue detenido y sus archivos quedaron expuestos. Cuando Jones admitió, en 2007, que todo había sido cierto, tuvo que devolver las preseas y su nombre fue borrado de la historia del Olimpismo, salvo del capítulo dedicado a la trampa.

Lo mismo hizo la IAAF con los logros que la norteamericana había conquistado en los Mundiales de 2001 y la Copa Mundial de 2002. Volatizadas su huella y su gloria, al igual que Armstrong.

Al deporte le sobran episodios oscuros como esos. Sus autoridades no han tenido siempre una conducta intachable en la lucha contra el dopaje. Pero con el correr de los años, se llegó a una coincidencia casi unánime: los que acuden a sustancias prohibidas son sancionados en retroactivo, sus récords son desmontados y son tachadas sus gestas.

Armstrong, Jones, Ben Johnson y decenas, casi centenares de otros ex campeones más, sirven de ejemplo y escarmiento.

Por eso fue una hipocresía de las grandes ligas no retirarle el título de bateo a Melky Cabrera, luego de ser sorprendido por doping, hasta que Cabrera pidió personalmente ser sacado de la lista.

Por eso es una hipocresía criticar a Chris Davis cuando no reconoce la marca de 73 jonrones de Barry Bonds en 2001.

Bonds confesó, en el juicio de Balco, que consumió sistemáticamente esteroides y HGH producidos por Conte aquella temporada y otras más. Su defensa fue argumentar que no sabía qué era eso que le estaban inyectando. De allí el segundo juicio por perjurio que le siguieron, a continuación.

Ni esos 73 vuelacercas ni el registro de 762 cuadrangulares con que desplazó a Hank Aaron merecen estar en los libros de récords. En cualquier otro deporte habrían sido borrados y es posible que algún día lo sean, finalmente.

Sólo la vergüenza y una política de tolerancia cero harán que triunfe la lucha antidopaje.

Algún día la hipocresía también desaparecerá del beisbol.

Twitter: @IgnacioSerrano

www.elemergente.com

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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