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Jekyll y Hyde también juegan en nuestra pelota

Es una frase repetida muchas veces entre dueños y gerentes de la LVBP. Un giro ingenioso, que se convierte en realidad cuando se cumple el plazo estipulado.

“Hay dos ligas”, dicen los ejecutivos. “Una de febrero a septiembre, a partir de la Serie de Caribe. La otra va de octubre a enero, cuando se disputa el campeonato”.

La expresión está acompañada por un giro complementario: “Entre febrero y septiembre todos somos amigos. Entre octubre y enero no”.

Mientras dura la pausa entre torneos, todos recuerdan que son socios y que se necesitan, todos resaltan los valores de la sana convivencia. Mientras está en juego la corona, a menudo se ciegan.

Es lo que permite que un manager muy serio y un gerente muy reputado hayan llegado al extremo de poner en duda la ética de sus colegas, dejando en entredicho la honorabilidad de un piloto, como si el acusado no hubiera sido así de inconsistente en toda la justa; como si ahora hubiera dejado de ser una persona honorable, porque sus decisiones erradas beneficiaron al rival.

El calor de la batalla hace que personas normalmente buenas muestren un rostro desconocido. Quienes protagonizaron el episodio de agresiones a la cueva del Caracas, días atrás, son posiblemente trabajadores de clase media alta, con familia; empleados responsables y quizás buenos ciudadanos.

La pasión del juego lo cambia todo. A veces para bien, a veces para mal.

De pronto, es viable dañar al otro, física o moralmente. De pronto, esa sociedad de la que forman parte los ocho equipos, de cuya ética y honor depende su florecimiento, se convierte en un club de sospechosos: los Leones, por haber contratado a Amaury Sanit de madrugada; los Navegantes, por haber acordado con Licey la cesión de Chris Cody; la directiva de la liga, por interpretar unas condiciones de campeonato que fueron ideadas y discutidas hasta la saciedad por las ocho escuadras en la convención anual, una discusión que seguro recuerdan los involucrados, pero que temporalmente olvidaron al calor de la competencia.

Preguntaba Oscar Prieto en estos días si sería necesario redactar unas condiciones “a prueba de tontos”, donde todo esté especificado de tal modo, que sean imposibles las segundas interpretaciones.

Pues sí, valdría la pena eso o grabar los debates de cada convención anual, no para darlos a conocer al público, sino para tenerlos ellos archivados, y que sirvan de memoria para el momento en que sea necesaria una interpretación.

Así no caerían improperios de la fanaticada sobre el presidente de la LVBP y sus compañeros de directiva, otro subproducto de la pasión que genera la disputa del título. Insultos dirigidos a las personas incorrectas, porque son los propios equipos los que deciden las reglas en mayo y las olvidan en enero.

Este campeonato con luces y sombras entra a su verdadera recta final. En poco más de una semana, todo terminará.

Habrá tiempo para plantear nuevas mejoras: diseñar, por ejemplo, un mejor calendario de postemporada, como de hecho se logró con la eliminatoria; preparar una verdadera política que resalte los valores de la deportividad y condene la violencia de cualquier tipo, para evitar que las barras bravas sureñas se instalen definitivamente en nuestros estadios, algo que está muy pronto a ocurrir, lamentablemente..

Ahora, cuando falta tan poco para conocer al nuevo campeón, llega el momento de disfrutar el duelo de los dos mejores equipos de la temporada, en el deseo de que jamás volvamos a olvidar el motivo que convirtió al beisbol en el pasatiempo nacional: que siendo diferentes y vistiendo distintos colores, formamos parte, todos, de un mismo país. Y que eso es una fiesta.

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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