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Esteroides, mentiras y beisbol

“¿Por qué en el beisbol ha habido siempre una actitud más permisiva frente al dopaje?”.

 

Días antes de conocerse el caso positivo de Alex Cabrera en México, en una conversación amistosa con Carlos Valmore Rodríguez, yendo de un tema a otro, el colega y buen amigo soltó de pronto esa pregunta.

 

¿Por qué en el beisbol siempre hubo mayor tolerancia, respecto a otras disciplinas?

 

En los siguientes minutos de charla, ambos tratamos de desentrañar la compleja interrogante, que hoy se reaviva, tras el escándalo del Samurái.

 

Por no formar parte del movimiento olímpico, el beisbol no se vio impelido a sumarse a la lucha contra las sustancias utilizadas para mejorar artificialmente el rendimiento deportivo. En que las grandes ligas no tenían un ente superior al que rendir cuentas.

 

En los diamantes no causó escándalo y dolor la muerte del ciclista Knud Enemark Jensen en plenos Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, por abusar de las anfetaminas para aumentar su rendimiento deportivo.

 

En el beisbol no hubo escándalos por jeringuillas abandonadas en habitaciones de villas olímpicas, como sí pasó en el deporte federado de los años 60.

 

No hubo escándalos por operaciones de cambio de sexo y consumo masivo de hormonas, para convertir mediocres atletas masculinos en veloces nadadoras femeninas, como pasó al lado este del Muro de Berlín.

 

En el beisbol, como consecuencia, tardó mucho más en crearse una conciencia colectiva en contra del dopaje.

 

Juan Antonio Samarranch lideró la lucha que desde el Comité Olímpico Internacional llevó, a partir de los años 80, a considerar el asunto no sólo como trampa, sino como un problema de salud pública.

 

Mientras tanto, los peloteros, agentes, gerentes generales, managers, coaches, trainers e incluso médicos de los equipos usaban o permitían el consumo de anfetaminas, y posteriormente descubrieron el impacto de los anabolizantes para alargar carreras, crear músculo, sumar más innings sin cansancio, disparar más jonrones, asegurar contratos millonarios y llenar de público las gradas.

 

Cuando el deporte federado inició su más firme ataque en contra del dopaje, en el beisbol comenzó la Era de los Esteroides.

 

El escándalo de Ben Johnson en los Juegos Olímpico de Seúl, en 1988, marcó un antes y un después. Una gran figura, medallista de oro y dueño de un récord mundial sacrosanto, el de los 100 metros planos, había dado positivo por estanozolol. Fue una vergüenza y una llamada de urgencia imposible de ignorar.

 

La industria de beisbol, entretanto, celebró una época dorada para sus finanzas y su popularidad, entre el aplauso de la gente y una actitud permisiva del periodismo, probablemente porque tardó demasiado tiempo en descubrir a sus propios Ben Johnson.

 

La muerte de Ken Caminiti fue justificada por su abuso del alcohol y las drogas recreacionales, sin importar que el propio ex Jugador Más Valioso de la Liga Nacional confesara, poco antes de morir, que su adicción comenzó a partir de los desórdenes causados por el abuso de los esteroides y las anfetaminas.

 

La crisis familiar y personal desatada por problemas en el sistema nervioso en jugadores como Jason Kendall, consecuencia del uso continuado de las anfetaminas, apenas tuvieron cobertura en unos pocos medios de comunicación.

 

La fanaticada de los diamantes adoptó una actitud indulgente, porque creció bajo la idea de que el dopaje era inocuo para la salud, una de tantas falacias y medias verdades repetidas por fanáticos y gente de los medios.

 

O que los esteroides no producen jonrones. Por supuesto, pero al hacer pesas después de tomarlos, producen músculos que ayudan a producir jonrones.

 

O que el dopaje no mejora el contacto ni la relación ojo-mano. Pero resulta que la hormona de crecimiento humano sí lo hace.

 

O que los anabolizantes no hacen magia. Quizás, si los usa una persona normal o un atleta mediocre. Pero cuando los usa un deportista con condiciones especiales, crece hasta el rango de un súper atleta.

 

O que grandes figuras como Bonds o A-Rod no dieron jamás positivo, cuando en realidad sí fue así (Bonds dio positivo —y fue suspendido— por uso de anfetaminas, cuando por fin el Congreso de Estados Unidos logró con su presión que se implementaran exámenes antidopaje).

 

O que el solo hecho de no dar positivo fuera motivo para declarar limpio el deporte, cuando casos como los del propio Bonds, Lance Armstrong y Marion Jones demuestran que es posible doparse en plena competencia, siempre que se use la sustancia correcta y se haga con la antelación precisa a los exámenes de orina.

 

O, finalmente, que alguien con más de 40 años de edad puede dar muchos jonrones y romper marcas, siempre y cuando haya sido musculoso y haya hecho pesas toda su vida, aunque jamás en el deporte de alta competencia haya sido posible algo así, sin ayuda artificial, y como si no envejecer fuera posible, siempre y cuando se trate de alguien fuerte.

 

¿Quién chequeaba la veracidad de esas frases hechas, antes de repetirlas para justificar al que estaba bajo sospecha?

 

Con frecuencia se ha dicho que Alex Cabrera se sometió múltiples veces a exámenes antidoping en Japón, donde fue dueño del récord de cuadrangulares, sin saber que al parecer esos exámenes no se realizaban cuando igualó el registro de Sadaharu Oh.

 

Más aún, y esto es un hecho, en el archipiélago asiático no se realizan despistajes entre el 1° de diciembre y el 1° de febrero, lo que da, a quien desee hacer trampa, una ventana de dos meses para usar sustancias y crear músculo artificialmente, reportándose luego a los entrenamientos.

 

Eso, sin contar con que hasta hace poco los exámenes no se repetían en una misma campaña, lo que permitía retomar el doping después de entregar la muestra de orina mandatoria.

 

¿Fue eso lo que hizo el Samurái? Es imposible saberlo. La sanción en México hasta ahora sólo prueba que infringió las reglas en México. Quizás el resto de su trayectoria haya estado limpio. Claro, muchos dirán: ¿y cómo creerle? ¿Por qué creerle?

 

Los escándalos de BALCO y más recientemente Biogenesis, el Reporte Mitchell y el triste papel de súper estrellas como Bonds, McGwire, Rafael Palmeiro, Roger Clemens, Manny Ramírez o Alex Rodríguez, han hecho cambiar en las grandes ligas, finalmente, la idea que la opinión pública, la prensa y el sistema tenían sobre el uso de esteroides y otras drogas.

 

El escándalo de Cabrera quizás haga lo mismo en Venezuela. Demasiadas personas tuvieron buena fe y hoy se sienten defraudadas. Muchos pedimos no juzgar sin pruebas y ahora compartimos esta desolación.

 

El monaguense es el Ben Johnson que rompió el récord de los 100 metros planos gracias a la trampa, el McGwire que superó a Roger Maris, el Bonds que eclipsó al legendario Hank Aaron.

 

A partir de este caso, nada será igual para una mayoría de la afición venezolana.

 

Ojalá tampoco lo sea para quienes hacemos vida en los medios de comunicación..

@IgnacioSerrano

www.elemergente.com

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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