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Corazón chileno, guairista por amor

Mi primera visita al estadio Universitario fue un acto de amor.

Ocurrió hace ya 38 años, una tarde de 1976. Nada sabía mi papá, nacido en Valparaíso, sobre el deporte que empezaba a cautivar a su único hijo varón. Él hubiera preferido el fútbol, como de hecho lo jugaba yo hasta la mágica noche en que acompañé a mi abuelo Luis frente al televisor, en 1975, para ver un juego de la Serie Mundial.

Fue probablemente su espíritu gitano y libertario lo que hizo de mi padre un seguidor de los Tiburones y un aprendiz de fanático beisbolero con sus compañeros de trabajo, en Sanchez y Compañía. Si el hijo quería jugar pelota y no balompié, ¿cómo podría oponérsele alguien que abandonó la casa paterna para ser pescador en Iquique o pastor en Mendoza?

¿Cómo alguien que había sido cadete, bombero voluntario, actor y vendedor, que vino a Venezuela de visita por una semana, en 1959, y se quedó por 55 años y 9 nietos, cómo podría ir contra sus propios principios y coartar al hijo que no prefirió a Carlos Caszely, sino a David Concepción?

Los amigos de Sánchez y Compañía hicieron la diligencia y nos consiguieron entradas privilegiadas en los bancos de la derecha.

La imagen primera de mi ingreso al Universitario se esconde detrás de la multitud que me obstruía el paso, el sabor de las naranjas y un intenso olor a pinchos y cerveza rancia.

Jugaba aquel Magallanes de Mitchell Page y Dave Parker contra los Tiburones de Ángel Bravo y Enzo Hernández. Un par de meses después, ambos se disputarían el pase a la Serie del Caribe.

Esa noche aprendí lecciones inolvidables. La primera, los aplausos de mi padre ante las buenas jugadas de los turcos. Siendo él guairista, eso grabó en mí, para siempre, el valor de saber aplaudir al rival.

Creo recordar que ganó Magallanes. Quizás no fue así. Pero no olvido el chasquido con que se quebró la mandíbula de José Cardenal, al recibir un pitcheo en la cara, durante su último turno al bate esa temporada.

Puede ser sobrecogedor el silencio de 25.000 almas en vilo. Y fue atronador el aplauso al deportista caído, al llevárselo en camilla. Otra lección imborrable: los atletas no son gladiadores; son humanos, a quienes agradecer su entrega, esfuerzo y espectáculo.

Ese día imborrable de 1976 consolidó una historia de amor que apenas estaba naciendo. Mi corazón quedó prendado para siempre de los diamantes. Quise ser pelotero, y ante el reto imposible de las Grandes Ligas, soñé con ser Juan Vené, leí ávidamente a Rodolfo José Mauriello y admiré a Rubén Mijares.

Don Ignacio vivió con dulzura tan temprana vocación. Lector para siempre de El Nacional, empezó a comprar también Meridiano y El Mundo, para que su hijo no se perdiera Beisbol por Gotas ni Juan Vené en la Pelota.

Transcurridos 38 años de aquel atardecer en Los Chaguaramos y 26 de empezar a escribir las crónicas deportivas en su periódico favorito, estoy ante las teclas terminando la única columna que nunca quise hacer: la del hasta siempre al padre maravilloso que me tocó.

La cierro con el corazón desgarrado por una soledad que nunca imaginé que sería tan grande. Pero también, agradecido con la vida y con Dios.

Llevo para siempre lo aprendido de quien fue mi mejor y más cercano amigo: el hombre venido de Chile, que me mostró el camino que conduce al estadio Universitario y me enseñó a ser feliz.

Twitter: @IgnacioSerrano

www.elemergente.com



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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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