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Luis Aparicio, Miguel Cabrera y el Juego del Siglo

El Juego de Estrellas nació como una exhibición, una buena idea de un periodista del diario Chicago Tribune, Arch Ward, quien pergeñó, hace más de 80 años, la idea de celebrar un duelo con los mejores peloteros de las ligas Americana y Nacional en un solo día, en un mismo estadio.

Esto era inconcebible antes de 1933. En ningún deporte sucedía. De hecho, las Grandes Ligas abrieron una brecha que hoy permite disputar choques estelares en cuanto circuito y cuanto deporte existe.

“El Juego del Siglo”, así se le llamó. La Gran Depresión golpeaba los bolsillos de los estadounidenses y la asistencia a los estadios había caído 40 por ciento. Ward planteó que lo recaudado sirviera para pagar pensión a los peloteros retirados, lo que, de paso, aseguraría la presencia de Babe Ruth, Lou Gehrig y tantos súper astros.

No era un proyecto de largo plazo. En aquella época, no existía esa corporación que hoy conocemos como MLB; los dos circuitos eran bastante independientes uno del otro, con sus propios presidentes, con umpires distintos, que hasta iban uniformados de manera diferente.

Eso convirtió en noticia la pausa de mitad de temporada. Existió, de hecho, una rivalidad cierta entre los representantes de ambas ligas. Basta preguntar a David Concepción o Vitico Davalillo. Los llamados a la cita se desvivían por vencer.

Por eso, episodios como el célebre de Pete Rose, lesionando a Ray Fosse, en 1970, para anotar la carrera del gane en un extrainning. Por eso la dictadura de la Nacional en las décadas de los 60 y 70 causaba orgullo en los peloteros de ese circuito.

Los aficionados menores de 40 o 45 años de edad no lo vivieron. La agencia libre cambió todo, al terminar con los peloteros franquicia. La exhibición quedó como menos que eso. A finales del siglo pasado, el Juego de Estrellas ya era un evento sin emoción y poco sentido. Cuando el choque quedó empatado en 2002, por falta de lanzadores, a casi nadie importó.

Hoy es un espectáculo y una fiesta. La idea original de Ward es realidad más que nunca: su intención era mercadear el beisbol, lo que en verdad pasa en las ciudades anfitrionas, con ríos de fanáticos en las calles, venidos de todas partes de los Estados Unidos y el exterior, con los colores de sus clubes, asistiendo al Juego de Estrellas del Futuro, al Derby, al Fan Fest.

Es un espectáculo, una fiesta, pero sigue siendo una exhibición. Y como tal, bien está que premie con charreteras a los peloteros convocados, para que estos exhiban sus llamados al clásico de julio como quien muestra sus galones. Pero no parece muy bien que siga entregándose la ventaja de campo en la Serie Mundial a la liga ganadora de cada edición, algo que se inventó hace una década, para tratar de reavivar el por entonces adormecido evento.

Esas charreteras ganadas con cada llamado tenían al gran Luis Aparicio como el venezolano con mayor graduación, ayudado por la doble celebración del Juego de Estrellas entre 1959 y 1963. Eso le permitió acumular siete convocatorias en cuatro años y sumar 13 en total, en 10 campañas.

Esa última debería verse como la verdadera marca, que Concepción casi alcanza, pues fue seleccionado en nueve torneos, y que Miguel Cabrera acaba de dejar atrás, al ser incluido por undécima zafra en el roster del tope estelar.

@IgnacioSerrano

www.elemergente.com

 

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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