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Alfonso Saer, 50 años después

Alfonso Saer tenía 16 años de edad cuando terminó de corregir por última vez aquel artículo titulado “Rumbo a Tokio”, escrito a máquina con una prosa que ya sugería lo que estaba por venir.
 
No había completado el bachillerato ni la mayoría de edad.
 
Latía en esa nota la misma impericia e ilusión que hemos hallado en los ensayos de tantos estudiantes de comunicación social, que escriben con el sueño de estar iniciando un camino.
 
“En el venidero mes de marzo”, encabezó, “se efectuarán en Tokio, la bella capital del Japón, los Juegos Olímpicos, máximo acontecimiento deportivo del año 1964, donde se reúnen casi 100 naciones y las máximas luminarias del deporte mundial, buscando una medalla que los coloque en un primer plano dentro del mundo deportivo, y el acercamiento entre la raza humana, para la paz y la ayuda mutua entre los pueblos”.
 
Más que un lead, era un discurso. El típico comienzo de quien aún no se ha templado en el oficio del reporterismo, un quehacer que sólo se perfecciona en la trinchera de la calle y en el cuartel general de una sala de redacción.
 
Ya mostraba, sin embargo, ese prístino empleo de la palabra, bálsamo que tanto echamos de menos en la prosa juvenil del siglo 21, agujereada por la falta de bibliografía y un exceso de telefonía celular.
 
Aquel primer artículo, que nuestro admirado colega llevó al diario El Impulso, en su Barquisimeto natal, marcó el inicio en la brillante carrera de uno de los periodistas fundamentales en la riquísima historia de la Comunicación Social de nuestro país, la voz grave y exacta que tantos episodios nos ha sabido relatar.
 
Saer bautizó en diciembre el libro Pelotas y pedales, 50 años de periodismo deportivo. Tuvo la gentileza de hacernos un gesto cordial en el momento de poner en nuestras manos la publicación: una cálida dedicatoria de cuatro líneas, que remató con la frase que más emociona a un escribidor, cuando se sabe cierta: “De tu lector consecuente”. Qué lujo.
 
Hace 25 años, en el viejo edificio ubicado de Puente Nuevo a Puerto Escondido, en Caracas, entró a la sección de Deportes de El Nacional, donde unos meses antes habíamos empezado una pasantía que todavía dura.
 
Saludó con la naturalidad de quien estaba en su casa y se sentó en el escritorio de al lado, el de Carlos Ortega, otra referencia inolvidable, para teclear con fuerza la etapa capitalina de una Vuelta Ciclista a Venezuela.
 
Era finales de 1988 o comienzos de 1989. Imposible que un estudiante de periodismo no aprendiera en esa escuela, donde daban los buenos días, como si nada, los Jesús Cova, Armando Naranjo, Cristóbal Guerra, Humberto Acosta, Rubén Mijares, Rodolfo Mauriello…
 
Pelotas y pedales es una lectura grata, emocionante, nostálgica. Entrelaza piezas escritas hace años con relatos específicamente redactados para esta ocasión. No es un libro de memorias ni una autobiografía, aunque tenga un poco de ambas cosas.
 
Es un compendio de crónicas, un repaso al último medio siglo del deporte venezolano, sus protagonistas y relatores, con episodios entrañables, muchos exquisitos. El capítulo dedicado al ciclismo deja en alto el amor que Saer profesa por el deporte de las dos ruedas.
 
Esta historia de atletas extraordinarios, de narradores cuyas voces aún resuenan en nuestra niñez; este compendio de recuerdos y anécdotas, de giros divertidos y testimonios, comenzó hoy, hace exactamente medio siglo.
 
Fue un 16 de enero, en 1964, cuando aquel guaro adolescente abrió la edición de El Impulso y halló publicada la primera nota que escribió para un medio de comunicación.
 
Hoy es día de fiesta en nuestro periodismo. Hoy festejamos a Alfonso Saer.
 
@IgnacioSerrano
www.elemergente.com

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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