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Adiós, capitán

Una tarde de octubre, con el cansancio acumulado de muchas jornadas de trabajo fuera de casa, caminando lentamente por los pasillos del aeropuerto JFK de Nueva York, llegamos a la puerta donde debíamos embarcar para emprender el vuelo de regreso a Venezuela.

 

Una multitud aguardaba ya en el lugar, copando todos los espacios. No quedaba ni una butaca libre.

 

Pensando en escribir otra columna, para así adelantar el trabajo pendiente, buscamos un lugar cerca de un tomacorriente, entre los cuerpos y las maletas repartidos caóticamente en la reducida sala de espera.

 

Allí, junto al único metro cuadrado disponible, estaba Henry Blanco. Con las piernas cruzadas, sentado en el suelo, también él esperaba.

 

Una sonrisa, un saludo cordial y una buena conversación. Ya tenía fecha de incorporación a los Leones y nosotros ya teníamos una nota para abrir la página B-2, después de recoger el equipaje en Maiquetía.

 

Ese es uno de los recuerdos de Blanco que guardamos con más afecto. El jugador ya experimentado, sin poses; un hombre de beisbol, de charla agradable, siempre.

 

Años después de aquel encuentro, ya no jugaba con los Cachorros, sino con los Diamantes. Apenas había pasado un mes de su cuadragésimo cumpleaños y estaba por tomar asiento en su locker, en el Chase Field de Phoenix.

 

Ya era suplente de Miguel Montero, uno de sus discípulos en las grandes ligas, y estaba a pocos días de completar una de sus mejores cosechas ofensivas, con 8 jonrones, .540 de slugging y .870 de OPS.

 

Esa tarde le preguntamos por algunas curiosidades que habíamos hallado, a propósito de su edad. No tenía idea, Blanco, de que eran tan pocos los catchers cuarentones que habían conectado un cuadrangular en las mayores.

 

El mirandino apareció en el lineup abridor esa noche y dio un triple, el último en su carrera de 16 temporadas. Cuando estaba por pisar la intermedia, embalado, nosotros ya abríamos la computadora, con el anhelo de buscar cuántos caretas habían dado un tribey después de festejar cuatro décadas de vida.

 

Blanco nos esperaba en el clubhouse, luego de compromiso. Sabía que íbamos a llegarle con algo que él no sabía. Sonreía, expectante.

 

Únicamente 40 hombres han usado los aperos en juegos oficiales de la gran carpa después de soplar las 40 velitas del pastel.

 

Apenas 13 receptores han dado bambinazos a esa edad.

 

Tan sólo 9 mascoteadores han ligado un tablazo de tres esquinas en tan avanzado momento de la vida deportiva.

 

La longevidad de Blanco le permitió hacer cosas que muy pocos consiguieron en el mejor beisbol del mundo. Ningún otro criollo ha defendido 11 divisas diferentes.

 

Casi todos sus logros se convertían en noticia, como cuando robó una almohadilla en 2012, la última de su vida, y se convirtió en el décimo cuarto catcher en estafar una almohadilla en la MLB.

 

Tal cúmulo de méritos con el madero no llegó por la habilidad de Blanco para batear con daño, que no la tenía. Todo eso ocurrió porque era muy bueno detrás del plato, tanto, que año tras año tenía trabajo seguro, precisamente a pesar de no producir mucho con la estaca.

 

El ex capitán caraquista —un grado que la legión melenuda no le quita, aún hoy— dejó una línea ofensiva de .223/.288/.361. Nunca sacó más de 10 pelotas en un campeonato ni empujó más de 37 rayitas.

 

Los principales ases venezolanos, en cambio, cubren de elogios a Blanco cuando recuerdan su trabajo con él. Desde Johan Santana, su pareja en los Mellizos, hasta Carlos Zambrano, con quien hizo equipo en los Cachorros, aquellos tiempos en los que era capaz de sentarse en el piso de un aeropuerto a charlar de beisbol, sin poses ni engreimiento.

 

El inmortal Greg Maddux le tuvo como su escudero con los Bravos. Y los Diamantes, conocedores de todo lo que ha aprendido, le ofrecieron esta vez un contrato aparte, además de ese pacto como jugador que buscaba para despedirse: si fallaba en quedarse como pelotero, le dijeron, querían tenerle como coach..

 

Montero es sólo uno entre muchos colegas que se desgrana en elogios hacia su antiguo mentor. Sabio, conocedor, buen maestro, es lo menos que dicen de él.

 

Blanco supo llevar todo aquello a la práctica. Como receptor, fue líder en porcentaje de outs robando tanto en la Liga Nacional, en 2000, como en la Americana, en 2004. Ningún venezolano ha encabezado ambos circuitos en esa especialidad.

 

Con los Cerveceros, en ese 2000 sin par, retiró a 58 por ciento de los corredores contrarios. Insólito. Es más del doble de lo que se le pide a un buen careta.

 

Blanco se retira del beisbol activo con 43 por ciento de éxito frente a los robadores adversarios. El único pelotero en ejercicio en todas las grandes ligas con mejor registro que él era Yadier Molina, sempiterno Guante de Oro.

 

El 29 de agosto cumplió 42 años de nacido. Todavía tenía el fuego. Dijo adiós a la LVBP con lágrimas en los ojos y la nostalgia apretándole el pecho. Pero quería seguir jugando.

 

No se le dio el final perfecto. Soñaba con colgar los aperos después de celebrar la conquista de la Serie Mundial, en octubre, ya con 43 años. Pero no deja el beisbol y es un reconocimiento a su buena carrera que desde esta semana, horas después de su adiós, ya tenga trabajo como instructor en la gran carpa.

 

En unos meses tomará las riendas de Margarita e iniciará su camino como manager.. El mejor catcher venezolano de todos los tiempos espera también ser un piloto exitoso.

 

Si dirige como defiende y enseña, tiene un largo futuro garantizado.

@IgnacioSerrano

www.elemergente.com

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Sobre el autor

Ignacio Serrano

Periodista egresado de la UCAB. Locutor. Colaborador y columnista de ESPN. Conductor de televisión

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