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Por siempre, Tío Simón

Ya se decía en espacios de prensa escrita que no están destinados a la opinión que Simón Díaz representa la venezolanidad. Que no existió en el siglo XX otro ser humano que, en tal medida, se convirtiera casi en una bandera, un himno, un auténtico símbolo patrio. El personaje sobrepasa los formalismos y la tinta se vierte libre por las páginas en un gesto de agradecimiento, una manifestación de admiración, cariño y respeto, sentimientos que se nos han hecho extraños en los últimos tiempos.

“Él no se merecía un funeral como éste”. En esa idea coincidían los presentes el miércoles, el jueves y también el viernes, día en que fueron sepultados los restos del maestro de las tonadas en el Cementerio del Este. Las circunstancias impidieron a muchos acercarse a la montaña santa de La Guairita. En un mundo ideal, a su féretro lo hubiesen acompañado decenas de miles. Hubiese sonado una ovación ensordecedora, como la que oigo en mi mente cada vez que se pronuncia su nombre. Los canales de televisión, blanco de justificadas críticas por otros motivos, hubiesen alterado su programación de fin de semana para dedicárselo a documentales y reposiciones de programas acerca de la vida y obra del autor de “Caballo viejo”. Lo mismo hubiese pasado con las emisoras radiales, abocadas a mostrarle al público la hiedra inmensa de su influencia artística. Una verdadera cadena nacional, genuina y jamás impuesta. El Estado le hubiera rendido honores; y no una esquelética mención, como aquella que le siguió a una sarta de amenazas, insultos y mentiras del presidente Nicolás Maduro en su alocución del miércoles en la noche.

Todo eso hubiese pasado si este país no navegara por aguas turbulentas. Si los ciudadanos siguieran su ejemplo de constancia y mesura, de honestidad y fe, de esfuerzo y amor propio. Si los canales de televisión creyeran un poco más en la música venezolana, al igual que las emisoras radiales. Si no existiese una ley que obliga a todos a difundirla como si se tratara de una medicina que deja muy mal sabor de boca. Si Venezuela tuviera un gobierno, al menos, decente.

Simón Díaz, sin embargo, va mucho más allá de lo que pueda decirse en un par de días. Su legado va muy por encima de una coyuntura. Quizá no es necesaria una gran cita, sino montones de celebraciones, públicas e íntimas. Ya se había visto en años recientes, en los que el artista había permanecido lejos de las cámaras, que los músicos, sus sobrinos, no necesitaron una excusa para homenajearlo. No hizo falta un aniversario redondo, ni el lanzamiento de un álbum, un libro, una película, un programa de televisión. Su hija, Bettsimar Díaz, no requirió nada de eso para llevar a la pantalla Todo sobre Mi Padre, una serie de simpáticos micros transmitidos a través de la señal de Globovisión dedicada a contar sus anécdotas. Ilan Chester no se lo pensó dos veces y presentó un espectáculo basado en su biografía y sus composiciones en el Teatro Teresa Carreño hace casi tres años. El festival Caracas en Contratiempo, en su primera edición realizada en julio del año pasado, le dedicó una de sus fechas, quizá la más celebrada. Huáscar Barradas digirió en noviembre un tributo al que acudieron músicos de las corrientes más diversas. Y seguirán llegando los tributos. No importa lo que haga el Estado y sus instituciones, o lo que decidan los medios de comunicación audiovisuales; confío en que los músicos, sus verdaderos herederos, seguirán llevándolo en hombros como merece. 

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Sobre el autor

Gerardo Guarache Ocque

Periodista egresado de la UCAB. Músico. Locutor. Melómano

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