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Dos caminos

Diógenes Rivas, Director artístico del Festival Atempo | Foto: Jesús Ruíz Ramírez/El Nacional

Diógenes Rivas, Director artístico del Festival Atempo | Foto: Jesús Ruíz Ramírez/El Nacional

El público suele ser perezoso cuando se trata de aproximarse a nuevos sonidos. Un artista puede presentar obras sublimes en medio de un fascinante performance, magistral, emotivo y honesto. Puede ofrecer el regalo que representa una pieza de arte a la que nadie nunca antes estuvo expuesto. O acaso asomar una verdadera novedad; una puerta hacia los nuevos tiempos, cargada de experimentación y sentimiento. Pero la sala retumbará sólo cuando decida recurrir a la melodía popular, al hit, al tema que todos son capaces de corear, o al menos silbar, porque en su memoria ha estado alojado gracias a la repetición radial, a referencias fílmicas y hasta a cuñas de desinfectante para el hogar.

Cuando el compositor Diógenes Rivas relató los inicios de la Asociación Atempo-Caracas, músculo creado para llevar adelante el Festival Atempo –cuya 20° edición se celebró la semana pasada con una vibrante clausura el domingo 30 de junio en el Teatro de Chacao–, se refirió a dos maneras de afrontar realidades y construir; dos formas de hacer las cosas.  

Mencionó una primera bifurcación cuando comentó el hecho de que en Venezuela muchos compositores tienen la dicha de que sus ideas suenen de inmediato a través de orquestas infantiles y juveniles. Piensa el creador, y uno de los artífices del Atempo, que tal facilidad es peligrosa. Que la música de cámara es el punto de partida idóneo, como quien cree que un escritor debe ensayar con un cuento antes de atreverse a hacer una novela. Es el ejercicio de la creación pura, sin artificios ni florituras. Es el ingenio y el sentimiento desnudos. Pero la analogía que me resultó más atractiva –y es donde se conectan estas líneas con el primer párrafo de la columna– tiene que ver con el hecho de que el Festival Atempo no ha necesitado de grandes nombres en sus 20 años de historia.

La idea que Rivas, Pierre Strauch (Francia) y Antonio Pileggi (Italia), aplicaron en Caracas, inspirados en una experiencia parisina, germinó sin apoyarse en héroes y sin necesidad de tener una luminosa marquesina. Es digna de respeto la tenacidad y la exquisita facultad para escoger partituras frescas e intérpretes adecuados, como para sostener durante dos décadas, amenazado por la inestabilidad política y desprovisto de ayuda estatal, un festival de carácter gratuito que le ha funcionado como vitrina a más de 700 obras de compositores venezolanos, así como las de creadores de otros 11 países de 4 continentes.

Atempo ha sido el suelo y el fertilizante, al igual que el Festival Latinoamericano de Música que desde 1991 organizan Alfredo Rugeles y Adina Izarra. Ambos son incentivos para la creación. Son catalizadores que han permitido mantener a la música contemporánea como una criatura viva en constante evolución, y no como un papel repleto de blancas y corcheas inanimadas escondidas en gavetas. Rivas y compañía tomaron un camino en 1994 y no lo han abandonado, a pesar de las adversidades. Hubiese sido más fácil dejarlo, o trabajar con obras de compositores consagrados y ganarse el aplauso cómodo. Pero ellos prefirieron tomar la ruta difícil y lograr, a paso firme, una ovación profunda y sostenida.   


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Sobre el autor

Gerardo Guarache Ocque

Periodista egresado de la UCAB. Músico. Locutor. Melómano

Histórico