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En la calle está el camino

 A finales de 1997 se inauguró el Museo Guggenheim Bilbao y desde su asentamiento comenzó una onda expansiva que transformó por completo la ciudad | Foto: EFE

A finales de 1997 se inauguró el Museo Guggenheim Bilbao y desde su asentamiento comenzó una onda expansiva que transformó por completo la ciudad | Foto: EFE

Para inicios de la década de los noventa, Bilbao no estaba en los planes de ningún turista que hubiese escogido a España como su destino. Ciudad industrial y maloliente eran adjetivos comunes para describirla. Ni siquiera para comerse las famosas kokotchas de bacalao al pil pil bilbaínas torcían su camino los viajantes. Pero bastó que transformaran un minúsculo pedazo equivalente a 0,05% de la superficie de la ciudad para que todo cambiara. A finales de 1997 se inauguró el Museo Guggenheim Bilbao y desde su asentamiento comenzó una onda expansiva que transformó por completo la ciudad. Fue tal el poder de atracción del museo que la ciudad hoy es vista como ejemplo de hecho cultural que transforma por completo la dinámica económica del entorno, historia bastante bien contada en el libro El efecto Guggenheim: del espacio basura al ornamento de Iñaki Esteban, editado por Anagrama.

Otro caso en el que un evento cultural transforma la percepción del público respecto a una ciudad es la feria gastronómica Mistura que se realiza desde 2008 anualmente en Lima, capital de Perú. La influencia de esta feria es tal, que en apenas un quinquenio hizo que Lima destronara a Machu Picchu como atractivo turístico del país. Nuevamente estamos ante un caso en el que en 20 años una ciudad pasó de lugar impensable para vacacionar a lugar para el que hay reservar varios meses antes el pasaje. Hablamos de una feria que convoca medio millón de personas, sin hablar de las consecuencias exponenciales que tiene para la economía de un país la valoración positiva que tengan sus propios habitantes.

Ejemplos de cómo un hecho cultural tiene el poder de hacer, nacer o renacer las ciudades sobran. La destrozada Nueva Orleans decidió colocar el peso de su mercadeo después del huracán Katrina en la promoción de su jazz y la famosa cocina cajun. Ciudades como Cannes (Francia) o Cartagena (Colombia) llegan a ser más conocidas por sus festivales de cine que por su arquitectura. En pocas palabras, la gerencia cultural es un oficio que, estudiado sin improvisaciones y unido al periodismo, puede cambiar una ciudad en una década.

Parques y museos hacen más por atraer a visitantes extranjeros, bajar la violencia y construir ciudad que 1 millón de planes burocráticos.

Cuando la cultura toma la calle es un tsunami de buenas noticias indetenible y, lo más bonito, casi siempre se trata de una rebelión civil que termina por estallarle en la cara a un Estado ensimismado en su tradicional subestimación de la cultura. Todo gobernante, si me aceptan la generalización, cree que la cultura es bonita pero nunca importante y mucho menos rentable.

Entregan a regañadientes, como dádiva, las migajas que sobran de sus presupuestos de guerra, inmersos en la miopía que no los deja ver que si la gente paseara más en museos no habría necesidad de militares.

Cada vez que envidiamos casos de éxito queremos pensar que es gracias a la intervención del Estado (quizás por el peso de nuestra recóndita necesidad de un Estado paternal); pero vistas con cuidado, siempre son iniciativas privadas que con su éxito terminan por sumar a los políticos.

Nunca al revés.

Muchas veces me he preguntado qué podría aportar el naciente movimiento gastronómico venezolano dentro del contexto latinoamericano. Todos tenemos despensa original, recetas propias, patrones de consumo. Es verdad que podemos exhibir con orgullo el mejor cacao, tarkarí de chivo o tequeños. Pero, ¿qué podemos enseñarle a otros como experiencia para emular? Comienzo a creer que la calle es ese algo. Hemos ido ganando experiencia de calle para mostrar.

En varias zonas de la ciudad de Caracas se han organizado los restaurantes para mostrar una agenda cultural que pone a la gente a caminar masivamente en una ciudad cada vez más renuente a hacerlo.

En mayo Venezuela Gastronómica hizo un evento en Mérida que abarcó puntos de toda la ciudad durante 15 días. En octubre será la segunda edición de Margarita Gastronómica, evento en el que conversatorios, lecturas y talleres se sucederán por 30 días en Margarita (restaurantes, escuelas de cocina, librerías, etc.) y en donde lo más impresionante es la agenda de 6 eventos de calle en varias ciudades de la isla, con un estimado de participación de 5.000 personas en cada uno. Apenas nombro 3 de muchísimos. La agenda cultural privada de eventos gastronómicos de calle en el país es impresionante y la presión está haciendo que las alcaldías volteen a mirar. Si seguimos por ese camino, no me extrañaría que en algún momento organismos como el Ministerio de Turismo finalmente entiendan que tenemos un diamante en bruto para mercadear este país: una agenda anual de eventos gastronómicos con toma masiva de calles.

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Sobre el autor

Sumito Estévez

 Chef, escritor, empresario, educador y personalidad televisiva venezolana.

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