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Robando de la mesa del pobre

Un tercio de toda la comida procesada para consumo humano se tira a la basura, y casi todo lo escrito sobre el tema apunta hacia modelos incorrectos de producción (uso de tierras fértiles para producir biodiesel), presiones de mercado (se descartan vegetales de formato no atractivo), dinámicas comerciales (planificación de menús que generan descarte, por ejemplo) y compras mal planificadas en el hogar. En todos esos casos la solución se basa en levantar conciencia ante el despilfarro, tal como se hace en el caso del mal uso de recursos energéticos.

Pero de lo que se habla muy poco es del caso en que se planifica de antemano la pérdida de alimentos para así poder hacer más dinero. En pocas palabras, de la mayor de las inmoralidades en un mundo con hambre. En este escrito apuntaremos brevemente cuatro casos clásicos de descarte planificado de alimentos: 1. El Estado importador. Muchas veces el Estado se convierte en importador directo de alimentos. Lo puede hacer para presionar precios a la baja, para distribuir en casos de emergencia e incluso como una forma directa de subsidio social. En todos esos casos la mercancía, una vez que llega a los puertos, debe ser guardada en depósitos que cobran un alquiler por día que varía dependiendo de los metros cúbicos de guarda y condiciones de temperatura. El problema empieza cuando allegados al Estado importador son quienes son los dueños de esos depósitos, pues, a partir de ese momento, el gran negocio será no distribuir la comida guardada con el fin de cobrar más días de alquiler. Tarde o temprano la comida se deteriora y es botada a la basura.

Nadie va preso ya que siempre se le puede achacar el tiempo de guarda a malos gerentes, exceso de importación o problemas de distribución.

2. El supermercado comprador. Cuando una cadena de supermercados es grande y posee muchas sedes, su poder de compra es tal que puede fijar las condiciones a productores que viven exclusivamente de venderle a ella.

Muchas veces estas cadenas le exigen al productor tamaños específicos de vegetales. Como política ya ello implica el descarte de aquellos vegetales perfectamente comestibles con manchas, o de tamaño no estandarizado. Pero mucho más grave es que se ha detectado que algunas cadenas exigen vegetales grandes porque saben que en la dinámica doméstica no pueden usarse por completo y por lo tanto venden más kilogramos por mes. Usted compra una sola cebolla, utiliza una parte para el sofrito y guarda un resto en la nevera que al tiempo bota porque no lo pudo usar a tiempo. Va al supermercado y compra otra cebolla. Sin saberlo, hace exactamente lo que hace tiempo fue planificado en una oficina.

3. ¿Es necesaria la rapidez? Harto conocido es que las cadenas de comida rápida calculan el flujo de comensales para cada hora del día y en función de ello pre-hacen platos en cantidades que poseen un margen de error. Margen de error no es otra cosa que el eufemismo para decir comida que se bota porque no fue consumida en ese período, en donde obviamente el costo de esa comida botada es perfectamente cuantificable y le es cargado a las que sí son vendidas. El gran argumento de las cadenas de comida rápida para justificar pre-hacer alimentos es garantizar un tiempo de espera corto. Cabe entonces la pregunta: ¿No es preferible un mundo en el que la gente espera un poco más (aunque implique vender un poco menos) para no robar de la mesa de los pobres, tal como acotó el Papa? 4. La fecha de vencimiento. En el fragor de la reciente crisis económica griega se escuchó el planteamiento de darle a los hambrientos la comida ya vencida de los supermercados. La propuesta cayó muy mal pero, gracias a varias investigaciones periodísticas a lo largo de Europa, llevó a destapar un fenómeno escondido de mercadeo diseñado para planificar la botada de comida en hogares. Un método para planificar descarte de alimentos es acortar artificialmente la fecha de vencimiento (alegan que es un margen de seguridad sanitaria) y vender paquetes con varios productos. Ello se hace luego de estudiar la frecuencia promedio de consumo en los hogares. Es decir, si el estudio arroja que en una casa se comen cuatro yogures por semana, venden un paquete con seis que venza en una semana. Nos comemos los cuatro, botamos a la basura los dos vencidos en etiqueta (casi seguro aún comestibles) y pasamos a comprar más al supermercado.

Se trata de cuatro métodos, de seguramente muchos más ya implementados, para inducir a las personas para que boten comida. En un mundo con personas que mueren literalmente de hambre, quien bota comida es un inconsciente...

Quien planifica cómo botarla, un asesino.

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Sobre el autor

Sumito Estévez

 Chef, escritor, empresario, educador y personalidad televisiva venezolana.

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