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¡Hola! Quiero montar mi propio negocio

Para un cocinero, co-cinar sabroso y saber cocinar es la condición mínima exigida a la hora de decidir dirigir una cocina. Quien no cocine sabroso que ni lo intente, porque el talento no se insufla, únicamente se domestica y se disciplina mediante la formación. Por otro lado, para alguien que desea tener su propio negocio relacionado con el ramo gastronómico, tener una buena idea y ganas de trabajar nuevamente es el conjunto mínimo que debe tener a la hora de decidir emprender. Las ganas verdaderas de trabajar duro a largo plazo y la pasión por generar ideas son algo que después de viejos es imposible adquirir, y sin ambas cosas la sola idea de querer iniciar un negocio propio es un sinsentido. La reflexión viene porque son muchas las veces que una persona decide iniciar un emprendimiento gastronómico empujada por el optimismo que le confiere saberse poseedor de una buena sazón, o de lo que a primera vista pareciera una buena idea de negocio que calce en un nicho necesitado y poco competido. Pero ya que afirmo que sazón y buenas intenciones son condiciones mínimas, las que se dan por sentado, las tan obvias como que alguien quiera ser piloto porque no le tiene miedo a los aviones, entonces aseguro que son las que menos importan a la hora de tomar la decisión de montar un negocio.

Como bien lo dice Salomón Raydán (adalid venezolano de los proyectos de autofinanciamiento a través de www.fundefir.org.ve) en el excelente libro Guía para no meter la pata , lo primero que debe preguntarse quien desea tener un negocio (por pequeño que sea) es si de verdad se siente cómodo ante la perspectiva de no tener un salario fijo. Citando al autor: "Ser o no ser emprendedor no tiene nada de bueno ni de malo en sí mismo". Hay personas que se sienten más cómodas con la seguridad de un empleo (público o privado) y otras, por el contrario, que no se manejan bien ante la perspectiva de una cotidianidad signada por horarios fijos. En ningún caso significa que unos trabajen más o mejor que otros. Se trata de pura y simple naturaleza humana, y forzar esa naturaleza puede llevar a grandes fracasos.

Una vez decididos a iniciar el negocio que hemos soñado debemos tener muy claro lo primero que olvidamos: aunque veamos desde el primer mes dinero en el banco (flujo positivo) eso no significa que ya podemos retirar ganancias o incluso ponernos un sueldo decente. En pocas palabras, los negocios dan para vivir (por pequeños que sean) un tiempo después de abrir y consolidarse, por lo que es fundamental no intentar comenzarlos si no se cuenta con un colchón inicial que nos permita pagar los gastos mínimos del hogar por un tiempo.

Luego empieza un bonito camino en donde no hay experto que sobre. Un nombre mal escogido, un logotipo pasado de moda, empaques en los que no se pensó en reposición a largo plazo, equipos de cocina poco adecuados para el tipo específico de operación, registros mercantiles que no definen reglas claras con socios, poco conocimiento ante contingencias triviales como que se vaya la luz, sistemas contables no aptos para la legalidad vigente... ¡Decenas de aspectos de los que dependerá la intensidad de los dolores de cabeza! Todos muy bonitos de aprender y dominar.

Finalmente, antes de emprender un negocio es imprescindible entender que no existe negocio que funcione como estaba planificado y que la vida da giros repentinos. La flexibilidad para adaptarse a cambios y redefinir direcciones es prácticamente el corazón de un negocio de comida. Si nos emociona ese carrusel estamos en el camino correcto.

La consolidación internacional de una gastronomía se logra en la medida en que haya productores colocando a nuestro país en anaqueles de otros países, restaurantes que muestren nuestros platos y mucha gente que crea en nuestra cultura gastronómica como opción de vida. En cualquiera de los casos todo pasa por que haya emprendimiento. Miles de restaurantes, de artesanos haciendo frascos, de productores aprendiendo a ponerle código de barras a lo perecedero, millones de etiquetas y letreros a la calle que con sus logos, de alguna u otra forma, digan Venezuela. Pero nada de eso se logra solo con las ganas y la sazón.

Emprender un negocio es un oficio como cualquier otro, y como en cualquier oficio hay que prepararse para ello y, una vez exitoso, ayudar a transferirle lo que hemos aprendido de nuestra experiencia a otros.

Cuando se trata de gastronomía, irónicamente la competencia es lo que más hace crecer. Siempre venderá mas una empanadera en "la calle de las empanadas" que sola. Con el país es igual, si queremos que muchas familias tengan una vida digna desde los fogones, al Estado le corresponde sentar las bases para la formación financiera y el acceso al crédito, y a los que ya hemos recorrido ese camino nos toca documentar, formar y transmitir.

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Sobre el autor

Sumito Estévez

 Chef, escritor, empresario, educador y personalidad televisiva venezolana.

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