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El día que nos enamoramos Sarah Vaughan y yo

Muchas mujeres cantantes de jazz abundan en el planeta, son tantas que hay que seleccionarlas entre las que más te gusten. No hay nada como escuchar la voz femenina. Nada como sorber el dulce licor, apoltronado, escuchando a Billie Holiday, a Ella Fitzgerald, a Sarah Vaughan o a Anita O’Day. Nadie como ellas. Los caraqueños tuvimos la suerte de ver a Ella y a Sarah, a esta última la presencié en un idílico encuentro a mediados de los años setenta. El Teatro Nacional fue el lugar de mi enamoramiento, ese día supe que le gustaba, que había algo entre esa dama sofisticada y yo.

Para aquel entonces no existía el Teatro Teresa Carreño, y el Municipal, un poco más grande que el Nacional, estaba en reparación. Un amigo vecino quien era inspector de espectáculos públicos hizo lo posible para que “nos pasaran” junto a otro pana más. Con mucha suerte la cordial invitación nos arrojó en el patio, había abandonado por ese día mi puesto en el “gallinero”. Había mucho esmoquin y nosotros andábamos de blue jeans… a lo hippie pues. Sarah, mi Sarah de esa noche, salió inmensa a mostrarse al público. Era un trío el que acompañaba a la diva que sonaba con un swing contagioso, y los tres tercios de Prado de María aplaudían encantados por lo que ocurría en el escenario, casi bailaban en las butacas del teatro de principios del siglo XX; y ella, Sarah, se desplazaba hacia nosotros. Yo pensaba que la Vaughan buscaba complicidad. Sarah me miró, el patio del teatro no estaba lleno, no sé si miraba también a mis compinches, para mí ella se dirigía solo a mí. Sigo creyendo que una de las más grandes del jazz me cantó aquella noche en el Teatro Nacional, seguramente hizo lo mismo para cada uno de los que asistieron a la presentación, pero yo estoy convencido de mi privilegio. Privilegio es el de los caraqueños de aquellos tiempos, allí también (o en el Municipal) vi a Stan Getz, a Elvin Jones, a Ron Carter y al Jacques Loussier Play Bach Trio, entre otros mitos. Estos últimos los pagué, o mi familia se encargaba de mi formación como melómano. En esa época era un muchacho ñángara confeso y practicante, había dinero en la calle, vivíamos el primer boom petrolero.

En estos tiempos hay cantantes de jazz por montones. Ahora se mezclan más con lo pop, como por ejemplo Norah Jones, pero en estos momentos de tanta plata, de esta otra expansión del oro negro, no he podido ver a ninguna de esas cantantes actuales: Melody Gardot, Madeleine Peyroux, Stacey Kent, Diana Krall y pare usted de contar. ¿Por qué será? ¿Un país puede medir su bienestar por la cantidad de cantantes o músicos de jazz que pisen su suelo soberano?

Mientras, me es cada vez más complicado adquirir grabaciones (además de la crisis propia del disco) como consuelo para apreciar esas voces femeninas. Vivimos una economía que no me lo permite. Un dólar muy arriba y pesado me hace imposible hacer cosas que le gustan al alma. ¿Será que exclusivamente en aquellos tiempos aquel muchacho protestón de Prado de María podía darse el lujo de enamorarse, en pleno centro de la ciudad, de una dama famosa como Sarah Vaughan? Porque por ahora no, aunque coincidan el boom petrolero y el desparpajo populista.

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