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Juan Arango de Venezuela celebra su gol ante Bolivia / EFE

Juan Arango de Venezuela celebra su gol ante Bolivia / EFE

Venezuela jugó en La Paz su mejor partido en la altura desde que compite en las eliminatorias mundialistas.

Asida al plan de correr en las mismas condiciones de su rival, cumplió con nota positiva el primero de sus objetivos. El segundo, el de equilibrar en el juego, fue alcanzado también desde la inferioridad en la posesión pero con el aval contundente de siete situaciones de gol generadas. Nunca se compitió a ese nivel en el Hernando Siles, ni siquiera hace cuatro años cuando la selección se llevó tres puntos de allí.

El plan de acondicionamiento fue una de las claves.

La otra radicó en la elección de los nombres que cumplieron el proceso de puesta a punto para correr a 3.600 metros sobre el nivel del mar. Pulmones de calidad para asumir la falta de oxígeno. Jerarquía y capacidad de juego para añadir a la estrategia. Con esos elementos, la Vinotinto sumó en la cancha más dura de Suramérica. El tiempo otorgará la dimensión real de un resultado inconmensurable, por encima de la decepción del empate boliviano sobre la hora.

La madurez es una patente de corso que este equipo hace valer en cada presentación. Pueden variar los ejecutantes, pero las señas de identidad se mantienen. El cariz multiforme se sigue moldeando con el andar de un ciclo consolidado, seguro de su capacidad y comprometido con sus metas. Capaz de adaptarse a lo que cada partido demanda, dispuesto a aplacar egos por el bien colectivo. Una definición tópica pero alejada del lugar común en su esencia.

El choque contra Bolivia dejó algunas estampas que definen a la selección de hoy.

Defendió con el bloque compacto, las ayudas claras y los espacios acotados. No hubo desangre ni sensación de capitulación cuando debió proteger su zona pese algún desliz táctico, normal en el contexto en que se jugó. En fase ofensiva, la policromía dejó ver ataques en transición y elaboración que permitieron acciones de riesgo, casi en igual proporción, en el área local.

La formación comenzó a trabajarse en el páramo de La Culata, con un ensayo matizado en Mérida contra El Salvador. El prototipo ejecutó lo planificado, con performances individuales destacados. Gabriel Cichero demostró ser más influyente como central que en el lateral zurdo, a pesar de haber sido una baza en esa demarcación durante mucho tiempo. Luis Manuel Seijas fue todo un descubrimiento marcando la punta sobre la izquierda, en un movimiento que puede llegar a trascender la eventualidad para derivar en apuesta firme.

Nadie representa mejor que Seijas esa condición de maleabilidad que la Vinotinto exhibe como su rasgo más característico.

Sobre Juan Arango podrían escribirse capítulos enteros cargados de adjetivos. Al capitán le sobran loas sobre su determinismo en el destino de la selección, ajustándose al papel que más convenga. En La Paz reguló el esfuerzo con la inteligencia de quien conoce su cuerpo y entiende el juego. No se desfondó en el auxilio de Seijas, fue un desahogo en las salidas y el principal lanzador en las transiciones, además de pisar el área enemiga con la misma frecuencia de sus últimas presentaciones. Arango es el faro que marca la ruta.

Uruguay será la siguiente prueba para este conjunto curtido. El ropaje cambiará en Cachamay, mudando a la versión más agresiva que se vio ante Colombia en marzo. Esta selección viene anunciando una goleada a favor hace meses. Que a nadie tome desprevenido si ese despliegue de fuerza ofensiva, a la que solo le ha faltado acierto, alumbra en Puerto Ordaz mañana.

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Sobre el autor

Daniel Chapela

Periodista egresado de la UCV. Locutor. Comentarista. Coordinador del Curso de Especialización en Periodismo Deportivo. Autor del libro El Once de América.

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