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El hambre de Martín Caparrós

Aunque le pese aceptarlo, Martín Caparrós pertenece a este grupo de comelones exquisitos. Claro que, con su vena de reportero y de humanista, le causa remordimiento aceptarlo y no sabe cómo hacer para “vivir con la certeza de que hay mil millones de personas en el mundo que no comen todos los días”, según cuenta | Foto: Archivo

Aunque le pese aceptarlo, Martín Caparrós pertenece a este grupo de comelones exquisitos. Claro que, con su vena de reportero y de humanista, le causa remordimiento aceptarlo y no sabe cómo hacer para “vivir con la certeza de que hay mil millones de personas en el mundo que no comen todos los días”, según cuenta | Foto: Archivo

Aunque la producción agrícola del planeta podría alcanzar para alimentar al doble de la población mundial, una de cada seis personas se muere de hambre. Son alrededor de 870 millones de seres humanos que no comen lo suficiente para vivir: Unos 50 millones de estos habitan en América Latina y El Caribe. Pero, a la par que estas terribles cifras aumentan –debido a la multiplicación de los conflictos armados, la proliferación de las plagas y a la profundización de las brechas sociales–, el arte de preparar una buena comida que conocemos como gastronomía comienza a reconocerse en los organismos internacionales como un bien intangible de la humanidad. Así, el alimento es un tema que pone en la misma arena a dos puntos opuestos de las estadísticas: los que comen demasiado poco y aquellos aficionados a comer regaladamente o a las comidas exóticas.

Aunque le pese aceptarlo, Martín Caparrós pertenece a este grupo de comelones exquisitos. Claro que, con su vena de reportero y de humanista, le causa remordimiento aceptarlo y no sabe cómo hacer para “vivir con la certeza de que hay mil millones de personas en el mundo que no comen todos los días”, según cuenta. Por eso se embarcó en el proyecto titánico de escribir un largo ensayo sobre el hambre que lo llevó a dar vueltas por varios países africanos, asiáticos y suramericanos, así como por varios lugares de Estados Unidos.

Sin embargo, es otro proyecto literario suyo el que me hace agua la boca, porque hay que ser gorditos de vocación –como el escritor argentino y como yo– para disfrutar de Entre dientes. Crónicas comilonas. Aunque también me siento egoísta por hablar de estos temas (digamos) banales mientras otros tienen hambre –y por eso he comenzado esta nota con la retahíla de estadísticas– el libro al que me refiero es más que una celebración del alimento, es una lección sobre qué comemos los seres humanos y cómo eso marca las particularidades nuestra vida en sociedad. “Viajar para comer es comerse la cultura, las lecturas: comer lo que antes estaba sólo en los libros”, escribe el autor.

El texto describe con humor e ironía una serie de aventuras del periodista con las comidas exóticas y, a través del ameno estilo de columnas de opinión, deja ver que a veces es bueno escribir desde la tapa del estómago.

“Si hay algo que me gusta del buen comer es su carácter efímero: grandes preparativos, grandes esfuerzos para algo que se va a agotar en sí mismo: que va a dejar, si a caso, un buen recuerdo”, escribe el autor y, como lectora, me descubrí cómplice en esa reflexión. Comer, como vestirse y maquillarse, son comportamientos culturales que uno disfruta cundo sabe que le interesan justamente porque son intrascendentes.

El libro –editado por el sello mexicano Almadía y bellamente ilustrado por Alejandro Magallanes– es también una excusa para hacer un viaje por la evolución del género humano a través de qué ha ido poniendo en su estómago a lo largo de la historia. Por eso es interesante su reflexión sobre el consumismo estadounidense al referirse a McDonalds y escribir que “hay ciertas comidas que se imponen como marcas de una aldea global: para que todos, por un momento, podamos creernos iguales”. O su visión de la cocina china que parece más bien una reflexión sobre su filosofía: “Los chinos creen en la acumulación primitiva de sabores”, dice Caparrós, para quien comer es algo que se hace “antes y después del bocado”.

Es por lo escrito hasta ahora que Juan Villoro, amigo de este comelón y casi tan buen diente como él, lo describe en el prólogo como alguien que “ha comido en todas partes con glotonería cultural”. Por eso también estas crónicas son necesaria no sólo para los sibaritas o los que gustan de la buena mesa, sino para quienes están interesados en el periodismo cultural, porque en estas páginas se demuestra con misticismo glotón lo que las campañas antiobesidad estadounidenses vomitan infructuosamente, pero sin cesar, por los medios de comunicación: You are what you eat.

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