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Simone y la sensación de la novela leída en otras

La serie de lugares comunes que construye la estructura lineal de Simone, la novela del escritor puertorriqueño Eduardo Lalo que ganó la más reciente edición del Premio Rómulo Gallegos, me sorprendió por revelar una buena escritura | Foto: Archivo

La serie de lugares comunes que construye la estructura lineal de Simone, la novela del escritor puertorriqueño Eduardo Lalo que ganó la más reciente edición del Premio Rómulo Gallegos, me sorprendió por revelar una buena escritura | Foto: Archivo

La serie de lugares comunes que construye la estructura lineal de Simone, la novela del escritor puertorriqueño Eduardo Lalo que ganó la más reciente edición del Premio Rómulo Gallegos, me sorprendió por revelar una buena escritura, incluso una muy buena escritura, al servicio de asuntos trillados.

Quizá el problema soy yo, esperando como espero todo el tiempo que ciertas obras me remuevan las entrañas, me dejen pensando, me revelen algo que desconocía, pero en Simone veo otra historia de personajes desdibujados que deambulan por las calles de una ciudad preguntándose quiénes son. Que en este caso la urbe sea San Juan de Puerto Rico, sólo subraya el tema de la identidad difusa que ya no sólo se refiere a quienes habitan en los márgenes de una sociedad –las minorías raciales, sexodiversas y, cómo no, los escritores– sino a una nación –“¿patria?”, se pregunta Lalo en el libro– que sobrevive como neocolonia de Estados Unidos. Y algo de esto debe haber visto el jurado del certamen, pues uno de sus tres miembros señaló su beneplácito porque la novela se refiere a seres invisibilizados de esa sociedad. “Como la propia protagonista, que es una obrera de restaurantes chinos, Puerto Rico ha sido un poco como esos seres invisibles”, dijo luego de la lectura del fallo el también puertorriqueño Juan Duchesne Winter.

Pero fuera de las alusiones superficiales a las conversaciones bilingües entre habitantes de la isla, de la obsesión de sus mujeres por parecer gringas y de la discusión desarrollada en cinco páginas sobre ideología, patria y nación, poco hay en Simone sobre colonialismo o separatismo. No lo echo de menos. Tampoco es que me parezca intrascendente el dilema de la isla caribeña, creo de hecho que es uno de los problemas cruciales de la región. Pero es que el libro no se trata de esto. Las cosas como son.

El argumento de esta novela es bastante sencillo y comienza con las cartas anónimas que recibe un escritor de éxito mediano que está preocupado porque no le leen o no le premian lo suficiente –los reconocimientos, dice, siguen “las vías de caprichos y amiguismos”–. La identidad del remitente de las misivas no se revela hasta la página 90 –de las 202 que tiene el libro– y es, por su puesto, una mujer.

Li Chao es hija de un profesor de matemáticas que sufrió las consecuencias de la Revolución Cultural y por ello su madre y ella tuvieron que dejar atrás China para venir al Caribe a trabajar como obreras en los restaurantes de unos familiares. Li tenía seis años de edad cuando llegó a Puerto Rico, “nadie se interesaba ni podía entender su historia por su distancia, tamaño y complejidad, China era una abstracción infranqueable”, reflexiona el escritor que sabe que la tragedia de esta mujer es no existir para la sociedad en que habitó casi toda su vida. Y eso, a él que también se siente al margen, lo mantiene unido a ella. Pero la incipiente historia de amor está amenazada porque Li se declara lesbiana y porque no puede sobreponerse a las violaciones de su primo y el aborto que resultó de estas cuando ella era adolescente.

El meollo de la novela está en esa sensación de sentirse al margen que une a los protagonistas. “¿Es posible escribir cuando la identidad no es compartida por nadie, cuando la inmensa mayoría de la gente no puede ni siquiera concebirte?”, se pregunta el narrador. En la invisibilidad de los protagonistas y en cómo esta situación los atrae y los repele está la base semántica del argumento. Los estereotipos, sin embargo, nublan la intención de darle voz a lo silenciado. Y no sé cuál cliché me molesta más. Si la historia de amor que nace de las misivas anónimas que tampoco funciona en las películas Made in Hollywood. O su insistencia en referirse a los valores consumistas y neocoloniales puertorriqueños a través del tinte de pelo rubio de las mujeres. O el retrato de los chinos inmigrantes como una multitud hacinada e incestuosa. O quizá el estereotipo más molesto es la asociación directa entre la violación de Li y su lesbianismo al que se comprara con “un muro construido con terror y vergüenza [ante los hombres]”.

Y resulta que por estar distraída con los clichés casi me pierdo la reflexión final de la obra, cuando el escritor ya se da cuenta que su historia de amor es la mera visión de dos personas que han “habitado los márgenes sin ser libres”. Y me doy cuenta entonces que también Simone era una reflexión sobre esta facultad básica del hombre. Por desgracia, la relación entre identidad y libertad, que es una gran apuesta literaria, no me queda clara, como tampoco entiendo la relación de Li con Simone Weil, la intelectual francesa cercana a los problemas de la clase obrera cuyo nombre es su seudónimo en las cartas.

La sensación de que ya había leído esta novela disgregada en muchas otras novelas me impidió mirar con claridad la díada entre libertad e identidad que pudo haber ser el punto de partida para reflexiones sobre la complejidad del presente. Por eso, cuando cerré el libro, me quedé pensando en los discursos que se desaprovecharon. Y quizá por eso me perdí la apuesta por la trascendencia de Simone, que debe haber sido lo que el jurado del Rómulo Gallegos premió. Porque, de otra manera, no lo entiendo.



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