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Ovejero: La crueldad de no trascender el status quo

La ética de la crueldad, el ensayo de José Ovejero que ganó el Premio Anagrama el año pasado, me parece, en principio, desconcertante |  Foto: Archivo

La ética de la crueldad, el ensayo de José Ovejero que ganó el Premio Anagrama el año pasado, me parece, en principio, desconcertante | Foto: Archivo

La ética de la crueldad, el ensayo de José Ovejero que ganó el Premio Anagrama el año pasado, me parece, en principio, desconcertante. No uso acá el adjetivo como sinónimo de la palabra “perplejo” –o “perpleja”, en mi caso–, sino que me refiero a la acepción de “suspender el ánimo” que está también en la lista de definiciones propuesta por el diccionario de la Real Academia.

Por supuesto que mi “suspensión de ánimo” no viene de la defensa que hace el escritor madrileño de una literatura contraria al espectáculo o a su proclama de la necesidad de una narrativa que revolucione las certidumbres de los lectores. Tampoco me turba su caracterización de la “ética de la crueldad” como las formas de la violencia y del exceso descritas en la literatura que, lejos de adaptarse a las expectativas del lector, buscan impulsarlo a una radical revisión de su convicciones, valores y de hasta de su forma de vivir. Menos me impresiona que en el contexto de este ensayo dedique diez páginas al análisis de una novela de su autoría publicada en 2002, Un mal año para Miki, en la que mezcla imágenes pornográficas con algunas de la caída de las Torres Gemelas para asquear al lector y apuntalar la trama literaria demostrando que, si su libro resulta insoportable para algunos, no es porque haga caso omiso del dolor que generaron los ataques en Nueva York, sino porque “no se esconde tras un discurso moral o al menos conmovedor, [y] más bien casi hace ostentación del deseo de no moralizar ni emocionar, precisamente para que tampoco el lector se oculte detrás de sus buenos sentimientos”.

Lo que me deja en el limbo –llamémoslo– “intelectual”, es que fuera de una argumentación lógica y fluida –características que, para tristeza de los lectores, muy pocos ensayistas tienen– el libro de Ovejero no me dice nada nuevo. Los votos por una literatura que saque a los lectores de la tranquilidad de la cultura liviana, de las certidumbres que nos hacen preferir libros “con un mensaje que nos confortan, es decir, que hacen explícito lo que ya pensábamos antes de leerlo” son el lugar común de todos los escritores serios desde que Jean Paul Sartre y Martin Heidegger cuestionaran la relación de los seres humanos con el mundo y el tiempo en el que viven, e incluso desde antes. Así, a partir de la página 90, de este libro que tiene 197, comencé a preguntarme si vale la pena llover sobre mojado sobre el asunto de la necesidad de una literatura que transforme a los lectores.

Quizá sí vale la pena hacerlo, y ciertamente vale la pena hacerlo lejos del tono moralista y antipático que usa Mario Vargas Llosa en La sociedad del espectáculo, libro en el cual le da hasta con el tobo a la cultura contemporánea por considerarla frívola y en el que carga contra el estructuralismo francés por considerarlo demasiado preocupado por el andamiaje del idioma y no tanto por el papel del intelectual en la cultura contemporánea, tema que sí que obsesiona al Premio Nobel.

La de Ovejero –esto se entiende bien y se agradece– es más que una crítica a la superficialidad de la actualidad: es el afán por inculcar en los lectores una necesidad de alejarse de la estéril contemplación del status quo. Enhorabuena.

En el capítulo referido a la definición de la “ética de la crueldad”, Ovejero escribe: “La indeterminación de la realidad, con su carácter frustrante, nos tienta a contrarrestarla con la sobredeterminación –tan nociva para la literatura – que responde a un esfuerzo de dotarla de un sentido claro; la sobredeterminación es popular entre receptores poco educados; una de las funciones fundamentales de la educación es volvernos capaces de soportar que nuestras explicaciones nunca sean concluyentes; ver la realidad desde distintos ángulos significa aceptar que ninguno de ellos es cierto por sí mismo. No es que la verdad no exista. Es que nada, por sí solo, es verdad.” He allí la base de este libro que, si bien no es inquietante en sí mismo, pretende recordar algo que sí lo es: que las certidumbres no existen, pues son meros constructos sociales. Por eso es que aconseja el alejamiento del status quo, que por ser elaborado socialmente es una mera imagen de una estructura de poder.

Por eso, aunque creo que falta una explicación más profunda sobre por qué se escogieron los siete libros analizados como ejemplos de ética cruel y si bien me hubiera gustado más de formalidad en la cita de ciertos autores –por lo menos usar sus nombres en algunos casos o señalar de qué libros suyos se ha sacado una cita–, creo que La ética de la crueldad es un buen punto de partida para las discusiones sobre le tipo de literatura con el que queremos que nuestras sociedades conformen un sentido crítico, porque el mismo afán desmitificador de este ensayo debería ser el de los intelectuales contemporáneos.


La ética de la crueldad

Editorial: Anagrama

Año: 2012

Precio: Bs. 250




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