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Méndez Guédez y su oscura isla de letras

Arena negra, la más reciente novela de Juan Carlos Méndez Guédez es un experimento narrativo de tan alta factura que llega a ser poético | Foto: Archivo

Arena negra, la más reciente novela de Juan Carlos Méndez Guédez es un experimento narrativo de tan alta factura que llega a ser poético | Foto: Archivo

Narrada en tres tiempos y a través de las perspectivas de dos personajes, Arena negra, la más reciente novela de Juan Carlos Méndez Guédez es un experimento narrativo de tan alta factura que llega a ser poético. La estructura que propone este libro es la de entradas, como las de un diario marcadas no por números, como si fueran los capítulos tradicionales de otras novelas, sino por letras. Esto se debe al objetivo del autor de resaltar el motivo del abecedario, metáfora que se repite en el transcurso de la narración, como evidencia de que la escritura es siempre una necesidad de dar sentido.
“La novela es esa necesidad de que entre el murmullo de palabras que no comprendemos del todo, existan algunas especialmente dirigidas hacia nosotros”, escribe Méndez Guédez.
La anécdota que subyace debajo de las tres historias que se leen en las 107 páginas editadas por la Cooperativa Lugar Común es la de un español que abandona su tierra para venir a hacer dinero en Venezuela dejando atrás una familia, cuyos integrantes se ven obligados a darle sentido a su falta. El personaje principal es la hija que justamente busca explicarse esta ausencia y el abandono reiterado: el padre se fue primero en 1948, luego volvió y nació la narradora antes de que el se fuera de nuevo en 1968, porque según dice, su “padre gusta de las repeticiones, solo en ellas se llega hasta el fondo de un gesto”. La mujer construye dos perspectivas: una es la del recuerdo y la nostalgia del padre y otra es la del presente, en la cual a lo cotidiano –también el abandono de la pareja, Guillermo– se le superpone la enfermedad y la vejez de la madre. Incluso, se me ocurre que las letras sueltas son la metáfora de la descomposición del cuerpo de anciana, que también arrastra la transmutación del recuerdo del padre – y de Guillermo, ¿por qué no?– en el vacío.
Es en este abismo donde Méndez Guédez construye la novela y la metáfora central que le da el título: la arena negra es el recuerdo oscuro del abandono que la madre de la narradora vivió como una sucesión de noches en vela a la orilla de la playa esperando a quien no volvería más. Por eso, en su momento de senectud, la hija observa al fondo de sus pupilas y descubre “una luna que escribe sobre la arena negra”.
El otro asunto, y además otra perspectiva escrita desde el presente, es el que propone el escritor que va anotando los fragmentos de un dietario con el que Méndez Guédez descubre ante sus lectores el bello fundamento de su poética: la idea de que una novela y cualquier pieza narrativa pretenden “crear la calidez de lo inútil, de lo íntimo”, es decir: que buscan darle sentido al vacío.
Y he allí donde se unen las dos perspectivas que trenzan las diversas visiones de una misma historia: en la necesidad de llenar un hueco, para lo que se multiplican las frases, que son palabras, que son letras. Por eso se suceden las letras en la novela, por eso el padre, cuando se marcha al trópico va tras una ciudad que tiene todas las vocales. ¿Barquisimeto?
Barquisimeto, claro, el mismo lugar donde el autor nació en 1967.
Y es en esta relación entre las palabras y las letras con los lugares y los vacíos donde se articula la fortaleza semántica de Arena negra: la idea de que aquél que escribe es también quien ha sido abandonado, como si la literatura, como creadora de mundos ficticios pudiera rellenar los vacíos dejados por el hombre.

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