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Los viejos amigos

Hace algún tiempo citamos en la columna a Loquillo (José María Sanz Beltrán), un cantor catalán que, en su disco Con elegancia, interpreta canciones en ritmo de rock duro con letras de poetas importantes. En una de las versiones poéticas habla de “Cuando pienso en los viejos amigos”, que es como se llama la canción; al oírla nos remitió a los antiguos ídolos latinoamericanos de la infancia y la adolescencia, particularmente del fútbol y del Mundial, que viven en nuestra memoria. Dice un verso que “cuando pienso en los viejos amigos que se fueron/al país de la muerte sin billete de vuelta…”, y de inmediato, como un relámpago de pensamiento, nos vino a la memoria Garrincha, el puntero derecho brasilero con nombre de pájaro, el gambeteador inverosímil, el jugador imposible, que nos alegró la vida tantas veces. Y muchos otros que le dieron a aquellos mundiales de los años 60 y 70, ese sabor que ya no parecen tener, y que hoy día, ante la avalancha indetenible de las nuevas generaciones de aficionados y periodistas, se van quedando en el olvido de los olvidos: los argentinos Roberto Perfumo, Silvio Marzolini, Ubaldo Rattin; los brasileños Amarildo, Didí, Gilmar; los peruanos Teófilo Cubillas, Juan Carlos Oblitas; el chileno Leonel Sánchez, el colombiano  Efraín “Caimán” Sánchez. Había que imaginárselos, con la complicidad de las voces de la radio -algunas veces exageradas-, en sus gestas elegíacas, y decir, qué grandes son, qué grandes son…

Ahora hay otras cosas, una desmesura de los medios de comunicación social, y una tendencia por conocer los contratos; los que suben a cifras inimaginables, los que bajan sus enteros porque no les fue bien en la Copa del Mundo.  Son valores de la sociedad actual; lejos, en el tiempo y en los sentimientos de aquellos momentos de amores y fervores. No es nostalgia por los días jóvenes, sino el reconocimiento nuestro a una época en que el fútbol, como tantas otras cosas de la vida, era dulce; al menos, así lo recordamos. Porque, como decía Gabriel García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. El mundo, como un carrusel de los tiempos, no se detiene porque soñemos con aquellas estampas; como dicta la Biblia, “cada día tiene su propio afán”. Y por eso en él debemos seguir, no sabemos si a pesar del fútbol, o si gracias a él. Ah, Loquillo, no sabes a dónde y a cuántos hermosas recordaciones nos ha llevado tu “Cuando pienso en los viejos amigos…”

Así pues, el Mundial nos respira muy cerca de los oídos, y en paralelo, detrás del escenario lujoso, las manifestaciones de racismo atropellan la vida y la coexistencia. Un banano fue la espoleta que hizo estallar la bomba de la  intolerancia, y ha sido motivo para que aparezcan por el mundo otros odios que ni los tiempos ni las sociedades modernas han podido mandar al exilio de la incomprensión. La NBA ha sido uno de los objetivos, a Carl Herrera le pintan grafitis de furia, y Salomón Rondón, desde la remota Rusia, habla de esos rechazos. Cuando Dani Alves comió el banano, estaba utilizando un ardid de inteligencia, diciéndole a los racistas que aquel acto infeliz no iba a poder con la fuerza indetenible del existir todos juntos. Caramba, el racismo, al final del camino es una ideología, y las ideologías no se consumen. Cuando las creemos acabadas, resurgen, y nos damos cuenta de que viven, a veces escondidas debajo de las apariencias de convivencia, y aparecen de nuevo como un volcán de maledicencias. ¿Hasta cuándo será esto? ¿Cuántos bananos habrá que comerse para que todo pase? Nos vemos por ahí.      

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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