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Sí, el sueño ha renacido

Tal vez el hecho pasó inadvertido hasta para la gente del fútbol, todos aquellos que alguna vez creyeron, con fe de liturgia, con amor desmedido, que por estos días la Vinotinto se estaría preparando para emprender la travesía que la llevaría a Río de Janeiro. Que ya no podrían decir que Venezuela es el único país del Nuevo Mundo sin estar en un Mundial, y que, más que nunca, la selección nacional sería estandarte y portabandera de un fervor. Ese día, miércoles de esta semana y en medio de la turbulencia que azota al país, también se jugaron partidos de equipos que se alistan, como reclutas al combate, para ir al encuentro mundialista. Al conjuro de todos estos factores, el partido ante Honduras no tuvo ese charm acostumbrado, principalmente porque el peso de la desilusión ha cortado las alas a la gente. No obstante, y tratando de ver las cosas con ojos de esquimal, nos pareció que los que no siguieron el partido se perdieron de revivir, por lo menos en ráfagas del segundo tiempo, aquellos días de buen jugar y de abrazos compartidos…

Venezuela, guiada esta vez por Manuel Plasencia, vivió al comienzo momentos de angustia y desconcierto, el anuncio de un naufragio inevitable. Pero fue consiguiendo su verdad, aquietándose en un fútbol en el que esos jugadores se reconocen, y comenzó a moler. Los hondureños, con mucho más trabajo colectivo (recordar que Venezuela se reunió apenas 36 horas antes del juego, y solo se entrenó una vez y por eso sus enredos tácticos), mostraron ese fútbol centroamericano de siempre: toques sutiles y respeto por el fútbol, pero también una inocencia y un suave andar, que van a pagar, con moneda pesada, en el Mundial ante Suiza, Ecuador y Francia. Cayó la Vinotinto, pero eso habrá de ser lo de menos. Lo que tiene que pesar en los ánimos tiene que haber sido que la huella dejada por José Omar Pastoriza, Richard Páez y César Farías, más allá de pormenores, valió la pena. Oswaldo Vizcarrondo, en la madurez de su fútbol y sus 30 años de edad, asumió ser el “patrón de la cuadra”, como dicen en Uruguay, porque su jefatura no se discute. También, en instantes felices, vimos a Rómulo Otero, a Johandry Orozco y a Luis Manuel Seijas bregando en todos los frentes. Fernando Aristeguieta, íngrimo en el ataque y sin suministros, poco pudo llegar, pero mostró que con un compañero a su lado, será mucho lo que podrá hacer…

El sueño, pues, ha renacido. Ha habido una transfiguración, desde ser llenadores de formularios, a ser competitivos. Esto ha quedado marcado, con el hierro candente de los tiempos, en los jugadores. ¿Y el técnico? ¿Qué pasará con ese humo denso e impenetrable en que se ha convertido la designación de este hombre? Ah, caramba. Puestas las cartas en la mesa de las realidades, solo quedan dos: Noel Sanvicente, indiscutible por su trayectoria ganadora así “no hable académicamente”, como dicen por las oficinas de la Federación, y otro. ¿Quién será? Con las ilusiones casi perdidas, no habrá entrenador extranjero de renombre. El último de los contactos fue el argentino Carlos Bianchi, pero su cotización, allá arriba, escapa de todo cálculo. La solución, pues, la tienen a la mano, y, como en el antiguo decir, “los árboles no dejan ver el bosque”: Sanvicente. Ah, ¿y el otro? Barridas todas las opciones, ¿quién podría comenzar a figurar? ¿No vieron el partido ante Honduras? Pues, estaba ahí, en el cuadrado de las direcciones técnicas, con su veteranía de mil combates, y su seriedad de toda la vida. Nos vemos por ahí.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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