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Los rumbos del Petare

Indecisos, con la brújula desorientada y parado en el cruce de los senderos en medio del bosque, al Petare le ha costado conseguir su verdadero rumbo.

Perdido en el tumulto de la inexperiencia, en la batahola de sus desajustes, optó por despedir a Edson Rodríguez y buscar a quien pudiera enderezar su andar.

En medio del barullo ha llegado Saúl Maldonado a la dirección técnica, y de cierta, o muchas maneras, ha sido un hecho inesperado.

Maldonado, fuera de cargos de tutoría por algún tiempo, ha tomado el mando con entusiasmo parvulario, pero arrastrando un pasado que tal vez quisiera olvidar: Italmaracaibo, Italchacao, Estrella Roja, Monagas y Yaracuyanos, son los cinco equipos en los que no le ha ido bien. En el desespero, la gente de Sucre echó a un lado la propuesta de Carlos Moreno, Daniel Nikolac y Rodrigo Piñón para irse con el antiguo zaguero central del Marítimo. Lo del Petare duele en el vientre del fútbol nacional; con la barriada más abigarrada y populosa del país, y quien sabe si de toda Suramérica, el equipo azul y blanco trata de vencer los molinos de viento representados en esa gente difícil del convencer. Quien dirija al Petare tiene que entender su proyecto social e incorporarse, porque por esta característica este es un equipo distinto en el contexto venezolano. No es apenas fútbol: ¿entenderá Maldonado esta empresa?...

En Petare podría fraguarse un porvenir en colores, porque es ahí donde puede comenzar el desarrollo del siempre añorado sistema de clubes populares y democráticos. Con ojo avizor, con la mirada larga de Rodrigo de Triana, el equipo podría ser pionero en la creación de una institución con valores fundamentados en la participación de la gente, del hombre común, del socio que aporte poco y disfrute mucho. Solo así, con fe de minero chileno, con la coartada de los tiempos, se avanzaría en ese cambio de estructuras que al fútbol venezolano le resulta urgente. Por eso hay que estar pendientes de lo que haga el Petare, porque tal vez sin saberlo es ahí donde podría aparecer, como en aquella antigua canción, el elegido que andaría "matando canallas con su cañón de futuro"... El domingo pasado no solo vimos un partido de raza, aunque no por eso de buena calidad, entre Caracas y Tucanes. Lo que más despertó atenciones fue, no obstante, la asistencia, y de inmediato, como en un soplo de pensamiento, como un celaje de la memoria, recordamos la del año pasado, y también la de hace dos o tres años.

Catorce mil, doce mil, diez mil aficionados. Esa tarde ante la gente del sur, entraron 6.400 y no hay quien explique las verdaderas y convincentes razones de la merma de interés. Había, en simultáneo, juego de beisbol en el Estadio Universitario, sí, ¿pero no había en los años antes mencionados? El costo de los boletos ha subido, sí, ¿pero no son tremendamente baratos en relación con la misma pelota? ¿No será que el desencanto con el destino final de la Vinotinto ha golpeado con mala leche en las entrañas de los sentimientos populares? En el Caracas tienen razones para estar preocupados. Podría ser un momento de luz con baja intensidad, pero ¿y si fuese la vuelta a los días ingratos de gradas vacías, las horas de aquella indiferencia popular? Si acaso ocurriese la final de la Copa Venezuela contra el Táchira, todo podría volver a ser como antes, como en las tardes de fuego y trueno. Esas de dos años atrás con un gentío, fervoroso, en la cita futbolera con el equipo querido.

Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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