• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

La noche de San Cristóbal

Farías no oculta la preocupación por la falta de contundencia a la hora de anotar | Foto EFE

Partido de la Vinotinto | Foto: EFE

Como casi todas las cosas de la vida, hay opiniones encontradas. ¿Venezuela apuntó al blanco o solo fueron fuegos de artificio, "vapores de la fantasía" como en el poema de Andrés Eloy Blanco? Porque después de aquel entusiasmo inicial, tras aquellos primeros minutos alucinantes, la selección Vinotinto se fue diluyendo, más por falta de oriente que por ausencia de ganas, hasta caer en los pantanos del partido, en la ciénaga desesperante de la que solo salió cuando el técnico César Farías, buscando la brújula en el fondo del maletín, apeló a Johandry Orozco para que el joven zuliano devolviera las cosas al lugar del que nunca debieron salir. La selección nacional tuvo ese espíritu indomable de los potros salvajes, fue en tromba y, por primera vez en mucho tiempo, jugó sin desacomodarse teniendo a la carrera como método y fin. Tal vez fue desigual, eso sí, porque hubo detalles que no dejaron que aquello fuese una noche clara y estrellada. Por ejemplo, la zaga central: ¿Oswaldo Vizcarrondo y Gabriel Cichero nunca habían jugado juntos, o es que el viaje desde Francia fue un castigo para ellos? Desacomodados, llegaron tarde dos veces: en la jugada boliviana cuando Walter Veizaga apareció fantasmal y a solas con Dani Hernández, y en el instante del segundo gol verde. No marcaron con certeza, no llegaron a la cita, y la novia del tiempo se cansó de esperarlos.

¿Y qué decir de Dani Hernández? Los dos goles fueron a su izquierda, y dio la impresión que de lanzarse pudo haber llegado a la primera pelota, la del tiro libre. Mostró su flaqueza, y con seguridad que los chilenos, siguientes rivales de los venezolanos, deben haber tomado cuenta de ella. Venezuela no tuvo guía conductora. Los mediocampistas levantaban la cabeza en busca del jefe, de ese Juan Arango lento esta vez, y no lo conseguían.

Franklin Lucena y Agnel Flores, ambos de buen jugar, y Tomás Rincón, sofocaron su fútbol en medio de un quehacer tan empecinado como estéril. Cada partido tiene un mapa, y en medio de esa topografía a veces sinuosa, a veces accidentada, el equipo venezolano pasó de largo.

Nos parece que no obstante los vacíos, las lagunas a veces extenuantes entre el ataque y el medio campo, dejó buenas sensaciones y que el milagro en Santiago de Chile es posible, porque estos jugadores, en la madurez de su fútbol, pueden volar. Bolivia, con nuevas generaciones, también fue un adversario adecuado, a pesar de que no tuvo continuidad de juego. Siempre se apuró en las entregas y en las encomiendas, pero tuvo el crédito de la economía del fútbol: llegó pocas veces, y consiguió un apreciable capital.

Un apunte final: el festejo de los jugadores y el técnico Farías nos pareció impropio; el adversario y las circunstancias del partido así lo marcaban.

Se entiende que Orozco, un poco perdido del fútbol últimamente, tenía que celebrar su gol ruidosamente, su reencuentro con él mismo, pero no así el equipo por un resultado ante un seleccionado que, posiblemente, en estos momentos sea el último de Suramérica, y al que, jugando en casa, solo se le pudo igualar en el atardecer del partido y cuando la gente regresaba a casa sintiendo el peso de la frustración de una noche perdida. Tal vez había que ser más comedidos, con menos ruido, porque la cautela suele pagar bien.

En fin, una picada de ojo que no trasciende en tono mayor, un mensaje que va al lado oculto de la Luna, y que simplemente se puede tomar como cosas de fútbol y nada más.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

Histórico