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El hechizo del gol ausente

El gol, ese maravilloso hilo argumental que conecta al hombre con la ansiosa red, tiene en Venezuela un hechizo de ausencia, un sortilegio que lo hace imposible de lograr, un blindaje impenetrable que no permite a los jugadores de aquí llegar a la cita con la maraña del fondo. El poeta español Luis Alberto de Cuenca dice: “…Los viejos amigos que, en el fondo del mar de la memoria, me ofrecieron un día la extraña sensación de no sentirme solo y la complicidad de una franca sonrisa”. La sabiduría del verso es aplicable al fútbol venezolano en sus encuentros internacionales en casa propia. Los equipos se sienten solos, sin “la complicidad de una franca sonrisa” que el gol proporciona, y que, cara a cara con las realidades, miran en el pasado, en “el mar de la memoria”, aquellas gestas de equipos criollos que fueron grandes competidores, cuadros que acariciaron el milagro del gol en el contexto suramericano. No es un mal recuerdo, porque ni todo tiempo pasado fue mejor, ni todo tiempo actual es igualmente mejor. Es establecer la orfandad de los tiempos que corren con relación a la más grande realización del fútbol. Caracas 0 ante Lanús; Zamora 0 ante Atlético Mineiro; Anzóategui 1 ante Peñarol. No es el hecho de perder: es no conseguir, en el bosque intrincado, los trozos de pan dejadas por Hansel y Gretel para marcar el camino cierto…

¿Luchar? Siempre se ha luchado, porque para eso están los jugadores en el campo de batalla. ¿Poco faltó? Sí, siempre ha faltado poco, y este argumento tenemos años, lustros, décadas oyéndolo. El fútbol de este país sigue sin conseguir las estructuras que lo modifiquen del fondo hacia arriba; espera y espera, y el que espera nunca alcanza. El escritor argentino Ernesto Sábato decía que en el mundo no hacía falta cambiar los gobiernos, sino cambiar la civilización completa, sus valores. Así tendrá que pasar con este fútbol bendito: sacar las raíces y volverlas a sembrar. En todo caso, sigue la Copa Libertadores, a la espera de que algún equipo se atreva a transitar el mapa de la osadía por el que anduvo el Caracas, el último de los mohicanos, en 2009. Y, echando una mirada a las cosas coperas, habrá que convencerse de que aquí sí es verdad que los tiempos han cambiado; los equipos que llegan a ella, por nombres altos que tengan, ya no asustan. Lo más fino de ellos ha emigrado a Europa, y hoy están más cerca de lo corriente que de la aristocracia futbolística…

No hay edad para el amor, dicen, y en los albores de sus 70 años de edad, a Manuel Plasencia le llegó la hora de amar y de ser amado. La selección nacional en manos del entrenador que se ha pasado la vida de aquí para allá, sembrando fútbol y pasión por la vida. El equipo venezolano bajo la conducción provisional de Plasencia para el partido ante la mundialista Honduras, que dirá dónde está parado cada uno, así sea en un juego exploratorio. Entonces pensamos que sí, que es poco lo que está en la mesa en estos fuegos de artificio, pero… ¿qué tal si a Venezuela le va bien, mejor de lo que se piensa, y los jugadores, los medios y la gente son seducidos por las maneras del director técnico? ¿No caería la Federación Venezolana bajo su embrujo, y el hombre se podría convertir en una baraja del póquer de candidatos permanentes?  Hace unos días hablábamos de los nombres que más suenan, Richard Páez, Noel Sanvicente, Ratomir Dujkovic, y también, en el universo insondable de las adivinanzas, de un posible outsider. ¿No sería, entonces, Manuel Plasencia? Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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