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El faro en el camino

Llega para salvar cuando el agua inunda, va al encuentro cuando la desesperación y la desesperanza anuncian que todo está perdido, y pone las cosas en su lugar. Devuelve la paz, y después de arreglar los asuntos, sale, con la cabeza levantada y la esperanza con él, a comenzar el hilado fino hacia la insondable geografía del ataque. Es osado, en la medida justa de la osadía responsable, y cuando un compañero requiere solidaridad, y pide con un grito desesperado la presencia de un amigo, acude. Mira los ojos, y pide la pelota como quien pide un botín, no para atesorarlo con avaricia de pirata, sino para entregarlo, con bondad, a quien lo necesite. Va y viene, como los péndulos de los relojes de antiguedad, y nunca se fatiga de tanta entrega. Siempre puede, siempre hay fe en él, siempre guarda para sí el afán del altruista. Es una antorcha cuando hay tormenta y la oscuridad se ha tragado la luz, y es un faro en camino de los imposibles. Sí, es él. Se llama Franklin Lucena, el hombre de tantas gestas calladas, el silencioso que no los abandona. El “rayo que no cesa”, como dijo alguna vez el poeta Miguel Hernández.
 
A César Farías hay cosas que no le perdonan. La gente quiere verlo triunfar, quiere verlo caer por el acantilado de los fracasos. No es simpático, en el concepto de simpatía de la risa fácil y el abrazo cariñoso; súbitamente se despacha con actitudes arrogantes y autosuficientes, porque no es un venezolano típico, si es que hay alguien así (“Visto de cerca, nadie es normal”, dice en el epígrafe de un libro Caetano Veloso). Mas, cuando es buscado en su intimidad, cuando se le habla de cerca y se le oye, se saben las razones de tanto desplante. No son arrogancias, ni autosuficiencias, ni desplantes. Son, principalmente, mecanismos de defensa, actitudes de territorialidad, como las fieras cuando son acechadas. A Farías, con todo lo que él es, con todas sus cargas, hay que dejarlo en paz. Si ha de caerse solo, pues se caerá, sin los apuros de nadie. Algunas veces la gente no tolera el ejercicio del poder, porque dicen, el poder envilece. ¿Es este el caso de Farías? El tiempo, que todo lo puede, que todo lo dictamina, en su momento va a hablar. De momento, como dice el director técnico de la selección Vinotinto, hay que vivir ese presente de la caía con ruido de abordaje ante Perú y de clamoroso triunfo contra Paraguay. Hoy lo quieren, mañana es el hombre más odiado de este mundo. ¿Quién es amo de la verdad?....
 
Por las cosas vistas, ¿cuáles pueden ser los jugadores venezolanos que irán al exterior? Vamos, no estamos hablando de aquellos que de manera casi clandestina, porque tiene antepasados españoles o italianos, van a probar a Europa. O los que por cantidades modestas de dinero, llegan y se consolidan. No, nos referimos a aquellos que tocan el badajo de los grandes portones, los que van con visión de grandeza. Hasta ahora, válganos, no ha pasado; no ha llegado a la otra orilla del Atlántico un jugador venezolano listo para el asalto a las luminarias. ¿Quién será? ¿Será acaso alguien no esperado, uno de esos que emergen desde la oscuridad del anonimato para figurar? ¿Será un juvenil impensado? ¿O acaso uno de esos habitués de cada domingo que de improviso entusiasmó a empresarios internacionales? Será, por acaso, Fernando Aristiguieta? El “colorao”, especie de “Adriano” venezolano, tiene el porte del atacante de hoy: grande, decidido, hambriento, lectura de arco para el gol. ¿España, Italia, Francia? Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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